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ANTES QUE SEA TARDE

Por Jean Georges Almendras

 ANTES QUE SEA TARDE

Por Jean Georges Almendras- 3 de enero de 2017

 

Hoy como ayer, durante, y tras los festejos de navidad y fin de año, como una inexorable resaca social,  las reflexiones sobre el mundo que nos rodea, salen a borbotones. Desde las entrañas mismas, de una especie humana que no ha sabido atesorar (para corregir) cada tramo negativo de su historia. Y los resultados se palpan. Se ven. Se sienten. Se sufren. Día a día. Hora  tras hora. Segundo tras segundo.

Cada navidad y cada fin de año nos hacemos trampa al solitario. Pensamos que lo tenemos todo, pero en realidad no tenemos nada.  Bajo esa premisa, sacamos a relucir los buenos augurios de las festividades navideñas y del fin de año. Los deseos de prosperidad. Le damos valor a los abrazos y a los brindis, y hasta alternamos esas fugaces muestras de hermandad con pirotecnias, quemando dinero, como si fuéramos adinerados. Como si en cada bombazo se nos fuera el alma, no sé aún si de alegría o de angustia, por todo lo que hay  a nuestro alrededor, fuera de nuestros hogares.

Fuera de ese microcosmos. El mundo gira y gira. Y sigue girando con sus protagonistas a cuestas.

En algunos lugares, las opulencias y los excesos del consumismo hicieron de las fiestas algodones de placer y de gula, y de un consumismo infinito y obsceno.

En otros lugares, las soledades, las limitaciones y las penurias económicas, y sociales,  hicieron de las fiestas, solo efímeros oasis o en algunos casos, solo  una noche más, de vida. De una vida dura. De una vida de amarguras y de sacrificios. De una vida de horas de trabajo y de remuneraciones bajas. De una vida infantil recorriendo plazas para dormir en bancos, con los pies descalzos y con el estómago vacío. De una vida infantil obligada a trabajar y a mendigar, para poder comer. De una vida infantil abusada sexualmente. O de una vida adolescente obligada a prostituirse, a traficar y a ser soldado. En este tercer milenio, estas escenas se  ven, por doquier. Porque aún en este tercer milenio el hombre sigue explotando al hombre. Y los imperios siguen colonizándonos, con ropas y artimañas nuevas. Y muchos no se dan cuenta, y todavía los festejan y hasta los defienden y adoran. 

En algunos puntos de  este planeta, los buenos platos navideños y de fin de año, y los regalos de mediano y alto porte, no fueron nada más que sueños; y las comodidades más mínimas, en muchos casos, fueron realidades que literalmente deberían avergonzarnos hasta las lágrimas. 

Algunos humanos (mayoritariamente ancianos, adolescentes, niños y niñas) de nuestros días, recibieron solo sonrisas, pocos besos y  pocos abrazos, y cero regalos. A los desposeídos, a los débiles, a los privados de libertad, a los migrantes y a los refugiados errantes por el mundo, les sobraron los silencios y las carencias, y los palos. Les sobraron las carencias financieras, las carencias afectivas. Las carencias de toda forma y color. Y las inimaginables.

Las diferencias sociales no estuvieron ausentes: los unos regodeados de poder, de dinero, de  platos exquisitos y de bebidas alcohólicas sublimes; los otros, enterrados en deudas, enterrados en desesperanzas, enterrados en desavenencias, enterrados  en la desocupación, en la marginación, en el delito o en las adicciones. Y otros, luchando comprometidos: buscando la luz de la justicia; buscando un alto en las injusticias sociales; buscando un alto a las represiones, a las hambrunas, a las persecuciones de los pueblos originarios, a los asesinatos del crimen organizado, a los atropellos promovidos por los múltiples e ilustres círculos del sistema político, a las hipocresías religiosas, a las impunidades de quienes violentaron y mataron  a personas, en los tiempos del terrorismo de Estado, de las dictaduras militares; buscando un alto a las muertes de aquellos que van contra la corriente, denunciando corrupciones, mafias y manipulaciones de los altos banqueros del nuevo orden mundial, que solapados en los sitiales de las instituciones democráticas y de la vida democrática, en pleno Estado de derecho, hacen trizas, pulverizan, y  violentan, descaradamente (e impunemente) las esperanzas, preferentemente de los jóvenes. 

La balanza de nuestros días se  inclina peligrosamente, pero no a favor de los desposeídos; se inclina a favor de los mentirosos, que se sientan en las sillas  de los gobernantes, y cuando no en la de los jueces y los  fiscales; se inclina a favor de quienes tienen el sartén por el mango, manipulando las finanzas y las leyes, atentando contra soberanías y atentando contra los principios republicanos, y por si fuera poco, atentando (hasta la muerte) contra quienes defienden la tierra, el agua, la naturaleza, el medio ambiente y el planeta, como Berta Cáceres en Honduras y otros activistas campesinos de Centro América y de México.

La balanza de nuestros días se inclina peligrosamente, pero no en favor de los que tienen conciencia: de que los recursos naturales corren riesgo de extinguirse; de que la civilización está podrida; de que algunos locos y no tan locos, juegan a la guerra nuclear y trafican armas y cocaína, como un pasatiempo demoledor de seres humanos,  en un milenio en el que la humanidad –por dormida, por egoísta, o por ignorante-  en algunos países,  permite ser gobernada por una criminalidad “en democracia”, que se jacta orgullosa  de que los unos deben servir a los otros, sin contemplarse remuneraciones y necesidades sociales, como ocurre en la Argentina de hoy. Una Argentina en la que son ignorados los derechos de los trabajadores y no cuentan ni las luchas obreras, ni las protestas sociales. Protestas sociales que se  judicializan y que se deben  sofocar a puro palo y plomo, sin importar los abusos, los heridos y hasta los muertos.  Porque lo que cuenta es frenar las rebeliones, los descontentos y los reclamos. Frenarlas  a precio de sangre y de autoridad.  Pero frenarlas, que es lo que importa, para defender la democracia. Y ya no impor6ta si esa democracia se vista de terrorismo de Estado. No importa ni preocupa. Porque hay poder económico y en consecuencia, hay impunidad.

La balanza de nuestros días se inclina peligrosamente, pero no a favor de los que protegen la madre tierra, y de los que denuncian a las multinacionales infestando tierras, ríos y vegetaciones,  y  hasta comunidades humanas, todo para beneficiar cuentas bancarias y vidas de personas insensibles y egoístas, prisioneras de un sistema financiero criminal, por excelencia y por esencia.

La balanza de nuestros días se inclina peligrosamente, pero no a favor de los que denuncian libremente el sagrado casamiento de la genética mafiosa con la genética política, desangrando sociedades de diferentes países y manipulando elecciones y fabricando terroristas, para fortalecer terrorismos legalizados y bendecidos por las democracias de turno, y por los imperios, del Norte y del Oeste. Del Sur y del Este.

La balanza de nuestros días  se inclina peligrosamente, pero no a favor de los jueces y fiscales del pool antimafia de Palermo, que desde hace ya 26 años, no hacen más que procurar ventilar a la luz pública los secretos de los hombres del Estado italiano que se asociaron con Cosa Nostra,  para seguir los derroteros de los capos-mafia, de una bella Italia mancillada  por un verdadero cáncer criminal, vivo hasta nuestros días. Un cáncer criminal que hoy tiene un enemigo emblemático, con nombre y apellido: Nino Di Matteo, fiscal de Palermo, quien aún sentenciado a muerte por Cosa Nostra,   secundado por otros colegas, con el incondicional apoyo de organizaciones civiles antimafiosas y de periodistas de la prensa libre e independiente, lleva adelante un proceso para desnudar el entramado de esa tratativa con la mafia, que ha sido y sigue siendo marco del entendimiento entre mafia y Estado, ahora y desde los días en que fueron asesinados los emblemáticos jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, a comienzos de los noventa.

La balanza de nuestros días se inclina peligrosamente en América Latina,  en Europa,  en el Medio Oriente,  en el África. Y en el resto del mundo, porque en el planeta se padece el mismo mal. Y los miedos se esparcen. Y hay quienes, desde el poder, hacen que esos miedos sirvan para crecer y para progresar. No importa si otros, en cambio, no solo no crecen ni progresan, sino que desfallecen, sufren y mueren, muy distantes del confort y de la felicidad de vivir.

La balanza de nuestros días se inclina peligrosamente, porque seguimos saturados de ríos humanos de migrantes, de rostros desesperados, deambulando con sus niños  por tierras extrañas en busca de hogar; porque seguimos viendo como se ahogan a orillas de la tierra prometida, en las aguas del Mediterráneo; porque sucumben a los traficantes que les prometen viajes a la libertad y a la vida, cuando en realidad les venden un pasaje a la muerte y a la desolación.

La balanza de nuestros días se inclina peligrosamente, porque seguimos con muertes y más muertes, y atropellos y más atropellos,  en la franja de Gaza y en Cisjordania: donde el pueblo palestino padece con creces lo que padeció el pueblo judío a manos del nazismo, donde una joven de 16 años, Ahed Tamimi, gritando hasta quedar sin voz, es la voz de los miles y miles de sus hermanos asesinados por el sionismo usurpador de sus tierras, saqueador de su cultura, y  violador de sus derechos y de su libertad; y porque Siria, fue arrasada por una  guerra promovida –con precisión de estratega-  por los poderosos de siempre, inevitablemente acechando tierras y recursos.

La balanza de nuestros días, se inclina peligrosamente, porque en México, principalmente, ser periodista es estar sentenciado a muerte, en manos del narcotráfico o de funcionarios del Estado, comidos por el sistema criminal; porque en Paraguay desde el fin de la dictadura asesinar periodistas (entre ellos a nuestro compañero y amigo Pablo Medina, en octubre de 2014) por denunciar a los narcos y a los políticos que se asocian con ellos, es una modalidad dramáticamente recurrente; porque también en Paraguay, en la zona de Curuguaty, hace pocos años masacraron a campesinos a balazos, impunemente, solo por reclamar tierras que estaban destinadas a ellos; porque en la Patagonia argentina, el gobierno de Mauricio Macri, se ha ensañado con los pueblos originarios (a quienes ha dejado a merced de dos  sicarios de alto rango de la Casa Rosada: Patricia Bullrich y Pablo Nocetti) dándoles  luz verde para darles cacería, ya  que son un obstáculo para los intereses financieros de las multinacionales (como la empresa Benetton) que usurpan sus tierras, sin importarles las múltiples e inevitables consecuencias de una resolución de tinte genocida: persecuciones  a las comunidades mapuches, captura y pedido de extradición a Chile de uno de sus referentes (el Lonko Facundo Jones Huala), la detención de la líder indígena Milagros Sala, agresiones físicas y humillaciones, a integrantes de las comunidades mapuches de la Pu Lof Cushamen en Resistencia, y finalmente, el asesinato a manos de las fuerzas de seguridad de dos jóvenes que resistían valerosamente todas esas prepotencias, Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, en la Pu Lof Cushamen y en Bariloche, respectivamente.

La balanza de nuestros días, se inclina peligrosamente, porque en la Argentina de hoy, Mauricio Macri fue hace muy pocos días, el hacedor de una escalada de atropellos, que  causó impacto en la región y estragos en la sociedad : violencia económica contra los sectores más vulnerables de la sociedad, desconocimiento de un Estado de derecho, ajustes  económicos para los trabajadores en beneficio de los sectores más pudientes, y por si fuera poco, como cimiento de toda esa plataforma de ajustes e insensibilidades digitadas por  el Fondo Monetario Internacional, una brutal represión policial a una protesta social que se materializó a las puertas mismas del Congreso Nacional en ocasión en que los parlamentarios oficialistas pujaban a brazo partido por  la aprobación de una ley reforma previsional, perjudicial para los jubilados y  absolutamente anti popular (La que finalmente se promulgó, obviamente con el voto oficialista y con la fuerza pública repartiendo palos y balas en la vía pública, a la luz del sol y con la luz verde de la Ministra de Seguridad y el jefe del Ejecutivo)

La balanza de nuestros días, se inclina peligrosamente, porque todavía en América Latina están libres por las calles de muchas ciudades: civiles, militares y policías, responsables de delitos de lesa humanidad, cometidos en los tiempos de las dictaduras en Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay, Chile y Bolivia; porque muchos de los involucrados en el Plan Cóndor siguen igualmente impunes a pesar de un juicio rimbombante que no hace mucho tuvo lugar en la ciudad de Roma, Italia; porque en Argentina, mientras todavía se dictan sentencias contra represores, otros son favorecidos por los Tribunales, al ser derivados  a sus domicilios desde las prisiones, para cumplir con sus respectivas penas; porque en Uruguay , todavía sigue siendo silenciosa la marcha de cada 20 de mayo –que ya lleva más de 20 años-  en reclamo de justicia y del  hallazgo, de  más de dos centenares de desaparecidos, a un Estado (no menos silencioso) que apaña y encubre descaradamente a policías, militares y civiles, partícipes de delitos de lesa humanidad, amparados en leyes que los favorecen y  en una cerrada omertá de los militares. Militares, que impunemente,  no solo no aportan los lugares exactos (en cuarteles militares) donde están enterrados las víctimas de la dictadura, sino que además parecería que acusasen recibo de  una muy tibia política del Estado, de un gobierno –sorprendentemente- de izquierda-  en materia de aclarar y hacer justicia en los casos  de violaciones de los DDHH. Tibieza de los hombres del Ejecutivo, del cual es titular el oncólogo Tabaré Vázquez, que ha sido reforzada por decisiones de la Suprema Corte de Justicia que pautaron marcados retrocesos en lo que concierne a las investigaciones, de los delitos de lesa humanidad. Retrocesos  que fueron duramente criticados por periodistas y por  organizaciones de ex presos políticos, familiares de desaparecidos y defensoras de los DDHH del Uruguay y de la Argentina.

La balanza de nuestros días, se inclina peligrosamente, porque en países de América Latina, hay quienes no cesan de promover emprendimientos mineros y de producción, contaminantes de alimentos y de ríos; porque hay quienes, prefiero pensar por ignorancia o inconsciencia ( y no por criminalidad) promueven el uso de la energía nuclear y por ende, de  la instalación de centrales nucleares (como Atucha en Argentina) olvidándose por completo de los desastres de Chernóbil y de Fukuyima, sin contar el uso de la energía atómica en acciones bélicas: como las de Hiroshima y Nagasaki.

La balanza de nuestros días, se  inclina peligrosamente. Desequilibrándonos bruscamente. Con celeridad demoníaca que parece imposible de detener.

 Podríamos llenar páginas y páginas con los desatinos del hombre moderno. Pero los ya mencionados, alcanzan y sobran, como muestra del mundo en el que nos hallamos situados.

Allí y acá; en los cuatro puntos cardinales, del globo terráqueo,  los abusadores y los saqueadores de siempre se dan la mano. Creando guerras. Creando alianzas. Creando demonios.  Encubriéndose  entre sí y destruyendo vidas y el planeta.

 Allí y acá; en los cuatro puntos cardinales del globo terráqueo,  también están los otros, jóvenes principalmente, los que estrechan sus manos y cierran filas, codo a codo, para que la balanza se incline a favor de los que gritan las injusticias, las denuncian y se resisten al opresor, al criminal y al demagogo. Aún a costa de perder sus vidas , su prestigio y sus bienes.

No obstante, allí y acá; en los cuatro puntos cardinales, la balanza en la que nos encontramos, en estos días, se inclina peligrosamente.

Pero convengamos que algo hay que hacer para equilibrarla. Para revertir la situación.

No hay otra entonces, que  seguir luchando, corriendo una verdadera carrera contra reloj.  Antes que sea tarde.

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*Foto de Portada: www.achidiocesisdesevilla.com