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“AQUEL QUE OLVIDA LA HISTORIA ESTÁ CONDENADO A REVIVIRLA”

Por Karim El Sadi

“AQUEL QUE OLVIDA LA HISTORIA ESTÁ CONDENADO A REVIVIRLA”

Por Karim El Sadi – 08 de Abril de 2016

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, diez, cien pasos. No, no son los pasos que dio nuestro Peppino Impastato. No. Son los pasos que daba cualquier judío que caminara frente al portón de Auschwitz hasta llegar a las cámaras de gas. Un trayecto muy corto que comenzaba  con la vida y terminaba con la muerte. Los mismos cien pasos que yo di hoy. De esta industria de la muerte fueron muy pocos los que salieron con vida para regresar a sus casas. En los años ’40 los judíos eran arrestados en todos los rincones de Europa, como animales que iban al matadero, y eran llevados hasta las frías tierras polacas, sin saber que terminarían siendo asesinados. Los soldados nazis esclavizaban a los detenidos más forzudos para explotarlos hasta su muerte inevitable a causa del trabajo de 5, o 6 meses, el tiempo necesario para consumir toda la energía presente en un cuerpo, eran útiles para los alemanes en la extracción del carbón de las minas polacas con costo cero. Ningún judío quedaba exento de la erradicación nazi. Incluso las mujeres y los niños judíos eran recluidos en los campos de exterminio. La estrategia adoptada por los nazis, que idealizaba la barbárica idea de la raza aria, era extremadamente siniestra. Por primera vez en la historia ocurría que el ternero iba donde el carnicero. Los judíos eran secuestrados y cargados en infinitos vagones que se dirigían hacia un destino que hoy nosotros sabemos que era inequívoco y es en este aspecto donde encontramos el factor más terrorífico. Los portadores de la estrella de David no sabían hacia donde iban esos trenes y los alemanes hicieron de todo para no provocar desorden ni pánico entre los futuros mutilados.

Los prisioneros llevaban consigo enormes maletas y se les aconsejaba que al llegar a los campos de concentración escribieran sus nombres en las mismas para que cuando terminaran los trámites burocráticos del campo las podrían recuperar y continuar su viaje en el tren. Se les vendían típicos billetes que hacían referencia a una simple “Excursión” en tren. Pensándolo bien me recuerda mucho, como dije antes, a cuando se lleva al matadero a los bovinos, todo facilitado por la música clásica de fondo, las caricias y por la paja mojada, masticada lentamente. Un cocktail perfecto para una muerte perfecta.

Y es en este ambiente donde crecieron personas que aún hoy conocemos, que lograron escapar, por muy poco, de la muerte. Como por ejemplo Primo Levi y Liliana Segre. Es decir que la muerte era algo seguro para todos pero algunos morían antes y otros después. Los débiles (niños, mujeres, enfermos y ancianos) morían en las cámaras de gas ni bien ponían un pie en los campos, mientras que los más fuertes eran obligados a realizar trabajos forzosos de la noche a la mañana hasta morir pocos meses después. Por no hablar de las humillaciones que padecían todos los judíos y de los experimentos de carácter farmacológico, realizados en mujeres y niños, por parte de las industrias farmacéuticas existentes hasta el día de hoy  (como la Bayer).

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Caminar por los mismos senderos, pisar las mismas piedras incómodas, subir las mismas escaleras, entrar en los mismos dormitorios, tocar los mismos hornos crematorios. Una angustia que duró 3 horas con las lágrimas que brotaban solas pensando en cuántas víctimas inocentes cayeron en ese infierno. Pero basta de estas conmiseraciones. Basta. No sirven para nada. No estoy diciendo que es algo equivocado llorar por el Holocausto. ¡No! Lo que estoy diciendo es que según mi opinión es absolutamente inútil recordar el exterminio de los judíos solo en las ocasiones que así lo requieren, entre ellas el “Día de la memoria”.

Basta de hipocresía, basta de mentiras. Como dice una amiga mía a la que estimo mucho, “nosotros estamos aquí de brazos cruzados” indiferentes a todo esto, hacemos el minuto de silencio en clase y luego a nadie le importa más nada. Mañana morirá alguien más”. Digo esto porque es precisamente la indiferencia y el silencio lo que le permitió a los alemanes exterminar a todo un pueblo. No fue solo Hitler quien mató a millones de judíos. Fuimos nosotros con nuestra indiferencia y con nuestra ignorancia quienes también permitimos todo esto. Si las personas siguen teniendo una filosofía cobarde e indiferente la Shoah no será el único  genocidio ocurrido en el mundo.

Si miramos bien lo que está ocurriendo en Yemen, en Siria y en Palestina. La misma Palestina tan deseada por los judíos que hicieron de todo, aunque en vano, por alcanzarla. La misma Palestina que hoy en día cuenta con 20.000 víctimas palestinas. La misma Palestina que se ve privada de sus tierras, de su cultura, de sus hijos, desde hace más de 60 años por parte de los nietos de esos judíos detenidos en esos campos. ¿Cuántos crímenes han cometido los israelíes, cuántas vidas han arrebatado, a cuántos niños palestinos han encarcelado y cuántos jóvenes fueron ajusticiados? A veces pienso: “si solo las víctimas del régimen Nazi pudieran ver todo lo que hacen sus nietos seguramente se retorcerían en sus tumbas”. Los roles se han invertido, los judíos pasaron de ser corderos a carniceros. Las víctimas se transformaron en verdugos. Se pasó del muro de la muerte en el que los judíos enfermos y desnutridos eran fusilados al muro de la  vergüenza que rodea a toda la Cisjordania.

Pero esto no es lo único que quisiera denunciar. Quisiera criticar cada una de las acciones de guerra que se siguen desarrollando hasta el día de hoy, todo tipo de violencia y criminalidad, porque estas personas no pueden haber muerto en vano. Porque nos dieron un ejemplo y es inútil que marchemos todos juntos, de la mano, por las calles parisinas si luego ante la primera disputa se recurre a las armas y todos volvemos a convertirnos en enemigos. Son muchos los pensamientos que sentí hoy por la rabia al ver cientos y cientos de quilos de cabellos y de objetos personales apilados detrás de las vitrinas del museo y todas las vergüenzas que se pueden observar afuera. En diez minutos los turistas pasaron de los hornos crematorios a los que hornean las pizzas, ubicados a menos de 100 metros del campo de exterminio. Una especulación absurda demostrada por la gran cantidad de restaurantes, hoteles y cadenas de fast food como Mc Donald’s y KFC, todos a no mas de 2 km de Auschwitz. Lo que nos demuestra como incluso las páginas más oscuras de nuestra historia pueden ser utilizadas fácilmente con fines lucrativos. Algo que también noté en mis propios compañeros ni bien volvimos a subir al autobús que nos llevaría de regreso a casa, todos preocupados por comer a saciedad lo que ofrecían los locales que estaban detrás de Birkenau. Todos en religioso silencio durante el tour pero ni bien superamos los portones reaparecieron los selfies, las bromas y las carcajadas, no quedaba nada.

No me siento identificado en lo más mínimo con estas personas y sé que hay muchos que piensan igual que yo. Sostengo que esta es mi misión, mi deber de joven que ha crecido en una sociedad que no nos hace evolucionar como debería ser y que nos bombardea con nociones inútiles, de la noche a la mañana. Distinguirme. Involucrar a otros jóvenes, abrir sus ojos, hacer que comprendan la verdad sobre todo lo que los rodea. Decirles que esas zapatillas Nike con las que caminan orgullosos fueron realizadas por niños de 9 años por 2 dólares por día y que esos “vu cumpra” que están de pie todo el día en las ciudades italianas no están allí para robarnos el trabajo, o para hacerse explotar, sino para dar de comer a sus hijos.

Hoy en Auschwitz había un montón de judíos israelíes en excursión, con la bandera del estado judío en sus hombros. Desde antes sabía que habrían venido entonces yo también llevé mi símbolo, mi kefiah palestino, eso no tenía nada que ver con provocaciones, o diferentes tensiones. Lo hice para demostrar mi solidaridad con las víctimas del ejército nazi (no con sus nietos israelíes). Incluso intenté sacarme una foto con ellos con la idea de mostrar el kefiah y su bandera de Israel como símbolo de unión y colaboración. Más o menos como hicieron Arafat y el Presidente israelí Rabin. Pero lamentablemente no pude hacerlo porque ese pañuelo molestaba y ni bien me acerqué al grupo de israelíes me alejaron inmediatamente. Mi mayor sueño es que algún día toda la juventud del mundo despierte del letargo y decida empuñar un megáfono para gritar a los cuatro vientos todas sus esperanzas, sus sueños y sus derechos, debajo de las casas de esos poderosos que la encerraron en este mortal círculo vicioso. Porque la vida de un blanco tiene la misma importancia que la de un negro, porque los musulmanes y los cristianos puedan caminar de la mano, porque los homosexuales puedan ser reconocidos, porque los pueblos oprimidos reciban una identidad, porque los fomentadores de guerras sean condenados y que los injustos conozcan el letal sabor de la justicia. Porque Paolo Borsellino, porque Giovanni Falcone, porque Anna Frank, porque Martin Luther King y muchos otros  enarbolaron el valor de la justicia, de la igualdad de derechos. Porque los mártires  lucharon en Palestina y en Israel por alcanzar la Paz en Oriente Medio. Entre ellos, aunque a su modo, líderes políticos como Arafat y Rabin. Figuras opuestas pero con ideales pacíficos unánimes. Hoy ambos son mártires por haber colaborado juntos, por primera vez en 2000 años, con este objetivo, poner fin a una guerra absurda entre hermanos e hijos de la misma tierra.

No me siento parte de lo que hay allá afuera, no me representa y lucharé con uñas y dientes por lograr algún día decir que el planeta Tierra es mi casa. No me importa lo que me pase porque defenderé mis ideales y nada podrá disuadirme para dar un paso al costado, ni siquiera la muerte.

Hoy quisiera recordar a los chicos de mi edad que fueron asesinados, quiero recordar a los que siguen muriendo y a los que morirán. Porque estoy con ellos, de una forma u otra, y nunca me quedaré callado ante las injusticias.

En este momento me encuentro de regreso al hotel pero el olor penetrante de los alojamientos judíos no me abandona y me parece que aún estoy caminando por esas escaleras gastadas por el millón y medio de judíos que las recorrían todos los días. Miro al cielo y observo el sol, a pesar de que su luz deslumbrante me enceguece y acaricia mi cara. Es una jornada maravillosa como pocas y quisiera recordarla toda la vida. Porque yo no olvido.

Reflexiones de un joven estudiante durante su viaje de estudios.

Auschwitz-Polonia
Abril de 2016