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DE UN TIRO EN LA NUCA ASESINADO POR POLICIAS, TENIA 12 AÑOS

Por Jean Georges Almendras

DE UN TIRO EN LA NUCA  ASESINADO POR POLICIAS, TENIA 12 AÑOS

Tucumán: el gatillo fácil se repite porque hay una doctrina en práctica contra los pobres

                              Por Jean Georges Almendras-12 de marzo de 2018

 

Las informaciones sobre la muerte del niño de 12 años Facundo Ferreira en Tucumán a manos de la policía llueven a mares en Argentina y en la región. Y las lágrimas que se derraman, por su desaparición física y por las circunstancias del hecho, también son a mares. Pero son a mares igualmente las mentiras para distanciar a la policía del crimen, porque lo que prevalece en la ciudad donde  se registro este indignante hecho, es una doctrina criminal ejercida por las fuerzas de seguridad, con todos los avales del gobierno local y central, desgraciadamente. Un episodio más del “gatillo fácil”.

 Son informaciones que estremecen. Que lo ponen a uno al borde de la sublevación más incontenible y de la ira, por el dolor que significa una pérdida así, no solo para la familia del menor, sino también para la sociedad, y por si fuera poco para  la civilización de la que erróneamente (e hipócritamente) nos sentimos orgullosos.

Dos policías de la Motorizada 99 de la provincia de Tucumán persiguieron a una moto tripulada por dos jovencitos: el piloto de 14 años, de nombre Juan, y su acompañante de 12 años. Según la versión oficial (de los policías involucrados) los ocupantes de la moto, que circulaban en forma sospechosa, los habrían baleado y en consecuencia repelieron la agresión con sus armas de reglamento. Pistolas 9 mm y armas que lanzan perdigones de goma.

Amparados en las sombras de la noche, que se iluminó con los fogonazos de las armas policiales, los dos funcionarios optaron por minimizar los efectos de su proceder: al acompañante, es decir a Facundo Ferreira, que estaba caído sobre el pavimento boca arriba, perdiendo abundante sangre de una herida de bala en el cráneo, lo dieron vuelta (para que quede boca abajo) y no solo no le prestaron inmediata asistencia médica sino que además, lo patearon. No les importó el sangrado de Facundo de una herida de bala en la región de la nuca. Y no les importó que el piloto de la moto también se encontrara herido en el cráneo. Tanto no les importó que a Juan en vez de llevarlo al Hospital lo trasladaron a la Comisaría.

Facundo estaba agonizante cuando lo trasladaron a un Hospital cercano. Lapso después se produjo su deceso. Su amigo, que aún herido sobrevivió al episodio, es uno de los testigos. Pero hubo más testigos: un taxista que se encontraba  allí cuando los menores estaban caídos en el asfalto y que siempre dijo que las patadas de los policías existieron y que nunca observó que los menores hubiesen baleado a los policías. Y lo que es más, que nunca observó que los efectivos de la Motorizada 911 hubiesen hallado armas.

Así fue la muerte de Facundo en la madrugada del jueves 8 de marzo, en el cruce de las calles Río de Janeiro y Avellaneda, en las cercanías del parque 9 de julio de la ciudad de Tucumán, a donde él y su amigo habían ido a ver unas picadas de motos.

¿Una muerte accidental? ¿Un error policial? ¿Una confusión que resultó letal para el adolescente, que estaba por entrar en la Secundaria en la semana siguiente?

 A cada una de las interrogantes corresponde una determinada respuesta: no fue un accidente, fue una acción policial de ataque con armas y a conciencia; fue un error policial flagrante, porque se aplicó el letal y poco ético protocolo de “primero disparo luego averiguo”; sí fue un error policial en el marco de la aplicación flagrante de la denominada doctrina Chocobar, la doctrina del gatillo fácil, la doctrina apadrinada y promovida nada menos que por la Ministra de Seguridad de la Presidencia de la Nación argentina, Patricia Bullrich; y no fue una confusión, fue un prejuicio. El prejuicio que tienen las fuerzas policiales hacia los jóvenes de los barrios vulnerables, hacia los rostros y las ropas sospechosas, y hacia los comportamientos nocturnos en motos yendo y viniendo de un barrio de gentes de vida dudosa: como La Bombilla, una de las villas de emergencia más pobres de la ciudad.

No nos cabe la menor duda, a juzgar por todos los hechos expuestos y descriptos ya públicamente, que los dos policías de respuesta rápida (porque los efectivos formaban parte de una  fuerza de elite, entrenada especialmente para este tipo de situaciones) actuaron desmedidamente, y los que es  más grave aún, lo hicieron sin titubear y sin hacer prevalecer la duda de si realmente los jovencitos les estaban disparando; pero hay más, porque no nos cabe la  menor duda que los policías actuaron con el desprecio que siempre coronan su accionar respecto a los jóvenes de aspecto y ropajes modestos, a quienes ya catalogan como delincuentes sea que les disparen o no en su loca y desesperada fuga; ese desprecio que se ve y se palpa cuando sus perseguidos ya están inclusive neutralizados, es decir heridos o agonizantes, y ellos para poner su firma de “autoridad” de “ley”, una autoridad y una ley criminal (porque se comportan como matones de uniforme) los aporrean y los golpean, y ,les obstaculizan una asistencia rápida, aún cuando el caído, como en este caso, sea un niño de 12 años sin un arma en sus manos y literalmente agonizante. nene1

¿Por qué tanta saña? ¿Por qué ese abuso y esa criminal manera de llevar el uniforme, pateando a un niño herido que está visiblemente  ya fuera de combate?¿Por qué siempre el policía se viste de bestia para ejercer la autoridad?¿Será porque esas ropas dadas por el Estado le hace olvidar que trata con seres humanos y que él  mismo es un ser humano?¿Será porque se siente impune y con carta blanca para demostrarse, así, como un criminal del Estado?. Si así se siente, está muy claro, pero muy claro que no tiene la menor conciencia del concepto de funcionario público y del concepto de ley,  y   de cómo debe actuar un servidor del orden. No lo tiene claro, o lo que es peor, lo tiene claro, pero no lo ejerce como debe ser, porque el uniforme le da poder, le da autonomía, sobre todo en una calle oscura y con personas a las cuales debe hacer sentir el rigor de una  sociedad clamando represión por la “inseguridad reinante” a través suyo. Una sociedad que se olvida de la inseguridad que generan los hombres de uniforme.

 ¿Y por qué actúan así esos señores de uniforme? Porque el periodismo servil al poder puede entrevistarlos dándoles el rol de paladines de la justicia,  y porque esos personajes de traje y corbata del sistema político desviado, y los señores y las señoras de la Casa Rosada, hasta pueden llegar a felicitarlo y recibirlo con palabras y loas, como si abusar de sus funciones policiales, fuera un acto heroico o una virtud de la cual hay que enorgullecerse, no sin antes ignorar o mirar de costado a la Justicia.

¿De qué virtud deben enorgullecerse las fuerzas policiales? ¿De la virtud de asesinar a un niño, de maltratarlo cuando está derrotado y agonizante, de tergiversar versiones para encubrir el “gatillo fácil”, de ensuciar la cancha y de desprestigiar la vida de sus víctimas y de sus familias? Vaya que tiempos maravillosos que nos han tocado en suerte.

 Son tiempos de virtudes policiales asesinas, a las que nos exponemos usted y yo, andemos en moto o no; andemos armados o desarmados; andemos por las calles o no; andemos en protestas sociales o no; andemos defendiendo a los pueblos originarios o no; andemos derechos o torcidos; andemos en villas de emergencia o no.; andemos reclamando por nuestros derechos o no; andemos como andemos, el policía desviado nos pondrá la rodilla encima, bajara con violencia la cachiporra sobre nuestra humanidad o apretara del gatillo para mandarnos al camposanto .

Son tiempos  de virtudes policiales asesinas, que polarizan y despiertan odios, violencias y atropellos, vigentes en tiempos de la dictadura y  tal parece que ahora también, como si la dictadura fuese vitalicia, vestida de una democracia infame, y pregonada desde el púlpito presidencial por el jefe de la patota estatal. Por el jefe de turno, que no hace otra cosa que aplaudir y aprobar, e incentivar  -a través de sus seguidores aferrados a su poder-  a no pocas de las tentaciones  a las que está expuesto el funcionario policial: la sed de abuso de poder , la sed de corrupción y la sed de impunidad. Tentaciones que no son poca cosa y que corroen al instituto policial y lo desvirtúan. Tentaciones que sabotean y corroen, al estado de Derecho. Hoy. Precisamente hoy que hablamos de tiempos democráticos.

Segada la vida de este niño, que inevitablemente nos trae a la memoria, a otras víctimas recientes, también en Tucumán, a manos de la policía: las muertes de  Víctor Robles, de 17 años, el 3 de febrero de este año y de Ángel Alexis Noguera de 23 años, el 4 de febrero. Segada la vida de este niño, también inevitablemente nos trae a la memoria, las muertes de  Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel, víctimas  del abuso policial encomendados por el poder. Por ese terrorismo de Estado que nos persigue y sigue sobrevolando sobre nuestras cabezas.

Segada la vida de este niño, las voces de los abogados defensores de las familias de Facundo y de su amigo Juan, se oyen por doquier, reclamando justicia, para  defender sus derechos y para descubrir verdades y desenmascarar a los culpables, porque todavía hay esperanzas de que sean llevados a la cárcel. Porque las esperanzas sobran y son (como las utopías) las que  les dan fuerzas para seguir reclamando y caminando, buscando justicia. Últimamente  una justicia al servicio del poder político o del poder económico, que poco le importa los padecimientos de  los sectores vulnerables o literalmente  pobres, de la sociedad moderna.

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Esto se enmarca en un contexto de recrudecimiento de la violencia policial en Tucumán que hace un ejercicio de la fuerza desproporcionado, irracional, ilegal y selectivo y que entendemos, es la aplicación a nivel provincial de la doctrina Chocobar. Facundo venía con un amigo circulando en moto por la zona del Parque 9 de julio cuando son identificados por la Policía como sospechosos y se inicia ahí una persecución que termina con un disparo en su nuca. Se conjuga acá la figura del adolescente peligroso y delincuente, con lo cual, sujeto a perseguir. Si la intención era detenerlo, que el disparo que recibió Facundo tenga las características que tiene, lo desmiente. Querían matarlo, no detenerlo. Es selectivo el uso de la fuerza y en esa selectividad criminaliza y persigue a determinados grupos, sectores sociales. Facundo pertenece a una de las villas más pobres de Tucumán, a la Bombilla. Sobre él y el resto de los adolescentes que viven en esos barrios se aplica el accionar legitimado por la doctrina Chocobar. La policía tucumana elige a estos grupos como destinatarios en su forma de prevenir el delito. Hay una vinculación oficial y social entre el adolescente, negro, pobre y delincuente, peligroso. Estos chicos ya son culpables por ser pobres, por ser negros, por usar gorra, por vivir donde viven. La única posibilidad de vida que tiene un niño nacido en una villa en Tucumán hoy es el destino de Facundo. El Estado los excluye y solo los incluye para reprimirlos, criminalizarlos y asesinarlos” declaró a Página 12 la abogada Florencia Vallino, de Abogados del Noroeste en Derechos Humanos.

Lamentablemente, el batallar por la justicia y por la verdad, de esta profesional y de otros  ya es y será un camino donde las piedras maquiavélicas del aparato policial y judicial no estarán ausentes, porque ya son parte de los estandartes de una vileza criminal enquistada en las instituciones democráticas de la Argentina de hoy.

Una vileza criminal, que ni todos los responsables sufriendo ejemplar castigo (que lo dudo),  podrán mitigar el dolor causado, no solo a las familias de Facundo y de su amigo sobreviviente al atentado, sino a una sociedad consternada e indignada, y a nosotros mismos que escribiendo hacemos nuestro ese dolor, esa impotencia y esa sed de que se haga justicia, pero sin eufemismos o demagogias.

Transitando por ese camino hacia la verdad y hacia la justicia, la abuela de Facundo Mercedes del Valle,  escribió una carta en la “Garganta Poderosa”, una revista que se enfoca en la vida de las personas que viven en las villas.

Una carta, con sabor a denuncia, con sabor a sufrimiento y con sabor a  protesta. Noble y transparente protesta de una ciudadana a quien le sobran motivos para señalar con el dedo y desde el alma a los culpables. A los culpables de  uniforme y a los culpables de traje y corbata.

“Ya no me quedan lágrimas. Nos destrozaron la vida. El Negro era un niño maravilloso, lleno de amistades, que no tenía problemas con nadie. Y anteayer a la madrugada, a pocas horas de su primer día en la secundaria, lo mataron, me lo mataron. Tenía 12 años: 12 años, tenía, ¿entienden? Un niño, hermanito de otras dos niñitas, de repente pasó a estar en el hospital Ángel Padilla, tirado en un rincón, con la cabeza destrozada… Era una criaturita, mi criaturita”

“¿Cómo se hace? ¿Cómo hacemos? ¿Quién se lleva este dolor? Para colmo, debemos soportar infinidad de historias falsas, circulando por internet o televisión, porque no, nada hubiera justificado lo que hicieron, pero mi nieto no robaba, ni manejaba un revólver, como inventa la Policía. Había terminado la primaria en la escuela Miguel Lillo con muy buenas notas y estaba por arrancar su nuevo ciclo en la ENET Nº5. Ya tenía todos los útiles, la mochila preparada y su ropa lista. Es más, acabábamos de comprar unos zapatos que no le gustaban para nada, pero los necesitaba para arrancar el colegio. Vivía conmigo y con sus tíos, en mi casa, en el barrio Juan XXIII, conocido como Villa Bombilla, en Tucumán”
“El miércoles a la noche, Facu salió en moto con Juan, un amigo dos años más grande, para ir a ver las picadas en el Parque 9 de Julio, como es común acá entre los changos… Al regresar, pasada la medianoche, unos uniformados les dispararon a quemarropa, así, ¡a quemarropa! No existió ningún enfrentamiento. Y en cuanto nos enteramos, salimos corriendo al hospital, donde nos recibieron con mentiras los voceros arreglados con las Fuerzas. “Sufrió un accidente vial”, nos dijeron. Y minutos después, la tomografía nos anunció que había fallecido por el tiro de un arma 9mm.”
“La versión oficial vino acompañada por un cordón policial, porque “íbamos a generar problemas”. Y entonces inmediatamente fuimos a la Comisaría 1ª, donde nos dijeron que los agentes ya estaban detenidos. Éramos dos mujeres y ellos un montón de hombres, apuntándonos con itakas. Nos ocultaron información y nos sacaron zamarreándonos de los brazos. Ahora, el barrio está lleno de patrullas y, mientras dejo caer estas palabras como lágrimas, comienza una razia en la otra cuadra, bajo la mira de un helicóptero policial que sobrevuela la zona”
“El 7 de mayo, Facu iba a cumplir 13. Y sí, soñaba ser como Messi, para poder comprarle una casa a su mamá, que vive en Santa Fe. Allá, él había jugado al fútbol en Unión de Sunchales y tenía pensado volver en unos meses. ¡No podrá! Me parece verlo ahora, jurándonos que algún día nos iba a comprar “una mansión, para poder vivir mejor”. Lo pienso y todavía no entiendo. ¿Cómo que no volveré a ver a mi nieto? ¿Cómo que no volverá a correr hasta mis brazos, gritándome “Pachona, Pachona”? ¿Cómo que lo mataron, si nunca nadie dijo nada malo de mi negrito? No puedo explicar lo que siento aquí, en el pecho. ¡No saben cuántos amigos tenía! No saben cuántos niños había en su entierro.”

“¡Su entierro!”

“Ahora sólo nos queda luchar, yendo a Tribunales todos los días, caminando en los pies de todos ustedes, todas las veces que haga falta, porque nosotros no tenemos plata, pero tenemos dignidad. No entendemos y nunca podremos entender por qué hicieron lo que hicieron, pero no van a detenernos hasta que no se haga justicia, para que mi nietito pueda descansar en paz. Yo sigo llorando. No puedo parar. Siento un dolor inmenso, que ya no puedo calmar con sus abrazos..”

“Te juro, mi negrito,
que no voy a bajar los brazos.”

 

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*Fotos de Portada y restantes: www.pagina12.com