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ENTRE EL SONIDO DE LA TROMPETA Y EL SILENCIO DE LA TUMBA

Por Saverio Lodato

ENTRE EL SONIDO DE LA TROMPETA Y EL SILENCIO DE LA TUMBA.

Por Saverio Lodato – 14 de Enero de 2016

Un abogado del foro palermitano, Marcello Marcajato, trabajaba a medio tiempo para los clanes mafiosos. Y esto lo dicen, ya para empezar, las interceptaciones telefónicas que revelaron a los hombres de la guardia de finanza, que han llevado a cabo la “Operación Cicero”, todas sus preocupaciones a tal propósito.
El abogado se autoproclamaba “la minna” (el seno) que los mafiosos exprimían cuando necesitaban dinero. Y el abogado del foro palermitano se había convertido además en agente inmobiliario para poder vender treinta garajes de las “familias” mafiosas de la localidad marinera de Acquasanta, de Palermo. Con el pequeño detalle de que la recaudación de su intermediación estaría destinada, entre otras cosas, a constituir el “castillito” (de un valor equivalente a 250.000 euros), para conseguir en el mercado la cantidad de trotil necesaria para hacer pedazos a Nino Di Matteo y a sus agentes de escolta.
Pero entonces ¿existe algo de verdad en el hecho de que Di Matteo corre riesgo de vida? ¿Quién sabe?
Pero entonces este bendito trotil ¿dónde está escondido ya que lo han comprado?
¿Quién sabe?
Pero entonces el bendito CSM (Consejo Superior de la Magistratura) reexaminará la medida disciplinaria que aplicó para castigar apresuradamente al Fiscal palermitano y a sus agentes que corren el riesgo de volar por los aires? ¿Quién sabe?
Pero entonces la Comisión Parlamentaria Antimafia ¿querrá echar un vistazo a esta abogacía palermitana que se inventa siempre una? ¿Quién sabe?
Pero entonces quienes ocupan los más altos cargos del Estado, sin excepción tarde o temprano ¿llegarán a indignarse ellos también? ¿Quién sabe?
“Nunca digas nunca”, a pesar de que, como hemos escrito recientemente, Italia sea un país para ideólogos.
Perdonad, pero nosotros pensamos así.
Lo que está claro es que, por todas las razones que hemos enumerado antes, el abogado Marcello Marcajato ha terminado en la cárcel. Ahora es imperante hacer algunas consideraciones espontáneas.
Primero que nada el silencio de tumba sobre el tema por parte de esta abogacía palermitana. Ni siquiera un comunicado. Ni siquiera una declaración. Ni siquiera una mísera toma de distancias, o un habitual y burocrático inicio de una “medida disciplinaria”. ¿Es posible que un caso de este tipo sea considerado un hecho de normal administración? ¿Es posible que los abogados palermitanos no puedan llegar jamás a encontrar un punto intermedio entre el sonido de la trompeta y el silencio de la tumba?
Claro está. En los últimos treinta años ha habido muchos ejemplos ilustres en los que inspirarse.
El abogado que dejaba entrar a la cárcel las jeringas con cianuro para envenenar a los boss mafiosos rivales. El abogado que hacía de intermediario entre el detenido y sus familiares. El abogado que oficiaba de cartero de los “pizzini” (mensajes mafiosos). El abogado que apelaba al “secreto profesional”, si le llegaban a seguir cuando iba a encontrarse con su cliente prófugo. El abogado que compraba cocaína para terceros. El muestrario es muy amplio.
Pero en el pasado, apenas una noticia de este tipo aparecía en los diarios, se producía un gran levantamiento de escudos de indignación, de polémicas en caliente, de momentáneas “crisis de conciencia”, caracterizadas por “garantísmos” y “justicialismos”, amenazas de querellas de uno y otro lado, pero, en honor a la verdad, a nadie se le habría ocurrido jamás fingir que no pasa nada. Todos reconocíamos la gravedad de los hechos objetados por la autoridad judicial y por las fuerzas del orden. Hoy los tiempos han cambiado.
Los abogados palermitanos – hay que reconocerlo – ya no gozan de los honorarios millonarios que enriquecieron a muchos de ellos en la era del oro (para ellos) de los maxi-procesos en contra de Cosa Nostra.
Esto no significa que hoy se vean obligados a juntar la comida con la cena, sino que sin lugar a dudas los buenos tiempos han terminado. Y por lo tanto muchos de ellos (obviamente) se las arreglan. Es por esto también que el “caso Marcatajo” está pasando en silencio. Arreglándoselas. Nada más que esto. Ni siquiera los periódicos y las televisiones se excitan tanto. Ellos también se las arreglan. Nada más que esto.
Hacen falta otras “mafias mediáticas”. “Atraen”, otros escenarios, otros “contextos”. También en ese aspecto los tiempos han cambiado.
Un viejito centenario, como Procopio Di Maggio, cree que es divertido festejar su cumpleaños en Cinisi, en el pueblo de Peppino Impastato, al son de petardos y fuegos artificiales. ¿Por qué lo hace? Lo hace para pasarse el capricho. Para tener un final feliz. Es su himno a la vida. A una vida mafiosa, obviamente. Porque cada uno, como es sabido, vive a su manera. Pero también para decirle a Giovanni Impastato, el hermano de Peppino, que el nombre de los Di Maggio gozará de mayor eternidad con respecto al de la familia rival. Y los ciudadanos del pueblo, que no asistieron ni al funeral de Peppino, destrozado por Gaetano Badalamenti, ni al funeral de Felicia, su madre que hasta su último respiro reclamó que se supiera la verdad, fueron corriendo a engullirse en el banquete organizado en honor al viejito Procopio, aquel que aún hoy, sin temor a ser considerado un viejo chocho por parte de la comunidad de Cinisi, dice que no sabe lo que es la mafia; nada menos que él que tuvo un hijo que fue víctima de la escopeta blanca, otro que actualmente se encuentra en la cárcel bajo el régimen de “máxima seguridad” por hechos mafiosos y que fue uno de los más fieles de las familias mafiosas, en este orden, de Badalamenti, de Riina y de Provenzano, y posteriormente fue condenado en el marco del maxi-proceso de Giovanni Falcone y de Paolo Borsellino, pero que luego fue absuelto de la acusación de haber cometido unos veinte crímenes.
Otra que el “funeral de los Casamonica”, otra qué los pétalos de rosa que caían del cielo, otra qué el féretro transportado en una carroza tirada por caballos negros, todo financiado por un clan de gitanos violentos.
La fiesta de Procopio, el viejito centenario, es inconmensurablemente, en el aspecto simbólico, más provocadora: precisamente porque se realizó en Cinisi, corazón duro de una mafia que antes de volverse ferozmente “moderna” era ferozmente “arcaica” y porque esa es la tierra que se manchó con la sangre de Peppino, en la que hasta el día de hoy el pasado y el futuro conviven dramáticamente. Cosas que tienen un determinado peso.
Lo que acabamos de exponer no son más que simples constataciones. Y casi nos avergonzamos de su ridiculez. Por consiguiente dejemos a los “mafiólogos” que son más expertos que nosotros que planteen opiniones claramente garantistas y para que nos explicarán el comportamiento del abogado Marcatajo y el del viejito Procopio.
Nosotros tenemos la convicción de que ambas historias, paralelas, no son más que la metáfora de la antimafia de hoy, que no logra encontrar un punto intermedio entre el sonido de la trompeta y el silencio de la tumba.
saverio.lodato@virgilio.it

*Foto Portada: Procopio Di Maggio.Foto Today It.