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EXCAVAREMOS TODOS EN EL LODAZAL DE LA IMPUNIDAD, PARA HACER JUSTICIA

Por Jean Georges Almendras

EXCAVAREMOS TODOS EN EL LODAZAL DE LA IMPUNIDAD, PARA HACER JUSTICIA

Asesinan a balazos en México a Miguel Ángel Jiménez, el líder que buscaba desaparecidos
Por Jean Georges Almendras. Agosto 14-2015

Hoy por hoy, periodistas y todos aquellos que en diferentes trincheras venimos luchando por un mundo mejor –por un mundo más justo, por un mundo más solidario, y en particular por un mundo menos hipócrita, y bastante menos impune- deberíamos vestirnos de luto permanente y pintarnos la cara en son de guerra, porque la violencia (el terrorismo, mejor dicho) está lacerando duramente al ámbito en el cual la lucha social tiene como protagonistas a los operadores de la información y a los activistas sociales, de algunos países de Sudamérica.

En el buen romance, podríamos decir respecto a México, que más se parece a un país sin ley en el que la vulnerabilidad de los sectores donde se denuncia al crimen organizado -sea vestido de narco, de uniforme policial o de traje de político- está en su punto más elevado de ebullición y de apogeo

Tanto es así, que quizás ahora –mientras escribimos estas líneas- desde las mismas sombras perfectamente ya se podría estar planificando más muertes y hasta se podrían estar materializando otras, allá en México. Porque esa violencia, mal que nos pese, ya forma parte de la convivencia mexicana, y eso duele.
Cuando aún la sociedad mexicana, y los periodistas que residen en ese país venían recomponiéndose de la muerte del reportero gráfico Rubén Espinosa, y de cuatro mujeres –entre ellas la activista y luchadora social mexicana Nadia Vera Pérez- en un hecho que podríamos calificarlo como “La masacre de Narvarte”, sobrevino recientemente –el sábado 8 de agosto de 2015- otro crimen que causó impacto, conmoción, indignación y espanto, en amplios sectores populares de México: Miguel Ángel Jiménez, de 45 años de edad, casado y padre de tres hijos, líder de las autodefensas del país de referencia y hombre de bien, comprometido sentidamente en la búsqueda de los 43 estudiantes desaparecidos en setiembre de 2014 en el Estado de Guerrero, fue asesinado a balazos en el interior de un taxi, vehículo en el que trabajaba y que fue ubicado en un tramo de la carretera que une Ciudad de México con Acapulco, en una zona muy cercana a la comunidad de Xaltianguis.

El luto que vestiríamos no sería suficiente, porque México se viene desangrando en los últimos años. Una sangría que nos hace pensar en lo vulnerables que se encuentran todos quienes, de una forma u otra, toman partida públicamente en causas a favor de la vida y en reclamo de justicia, o en labor de denuncia de corrupciones, abusos y arbitrariedades ejercidas por personas que representan o forman parte de instituciones del poder político y del poder económico, cuando no del poder narco-mafioso.
Las vidas de quienes se atreven a trasgredir las leyes y los códigos del silencio impuesto por el crimen organizado, a punta de pistola y de amenazas, corren serio riesgo en el México de hoy. El panorama en el ámbito periodístico es aterrador. Las estadísticas difundidas en los últimos días nos hablan por ejemplo de tres periodistas asesinados, en el 2015 y desde el año 2000 a la fecha, un total de 84 víctimas. No por casualidad, se oye decir con frecuencia que México es uno de los países más peligrosos del mundo para los periodistas. Y en un informe de Reporteros sin Fronteras se consigna que las amenazas y los asesinatos a manos del crimen organizado –incluso de las autoridades corruptas, son cosa de todos los días.

Sea en México, sea en Brasil, sea en Paraguay, sea en otras regiones del planeta, las vidas de periodistas y de activistas sociales se apagan porque hay personas que se prestan al sicariato, bien sea por convicción o bien sea por dinero. Pero lo cierto es que estas personas se dejan envolver por las “ofertas” y las “promesas” de la criminalidad, convirtiéndose de la noche a la mañana en asesinos a sueldo y en sanguinarios operadores del crimen organizado. Claro está, impunidad mediante.

Una y otra vez, hombres insensibles y carentes de todo escrúpulo han apretado los gatillos de sus armas para poner punto final a las idas y venidas, de periodistas y de luchadores o luchadoras de causas nobles. Y uno de estos episodios es el que nos ocupa.
Con relación a la muerte de Miguel Ángel Jiménez la misma causó mucho impacto en México y en el mundo entero. La prensa local e internacional tituló: “Otro asesinato que conmociona a México”; “Matan en México a un líder social que ayudaba a buscar desaparecidos”; “Líder de la búsqueda de 43 estudiantes desaparecidos fue asesinado”; “El precio de escarbar en las tumbas del narco mexicano. El activista asesinado emprendió la titánica tarea de identificar los cuerpos que aparecían en fosas clandestinas”

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No conocimos personalmente a este hombre. Pero conocimos sus frutos. Y eso ya nos basta y nos sobra para homenajearlo y recordarlo, como lo hemos hecho siempre con las víctimas del terrorismo de la criminalidad organizada.

Miguel Ángel Jiménez fue el líder natural de muchos de sus compatriotas paralizados por el miedo; ese miedo que los inhibía de salir a denunciar ante las autoridades policiales la desaparición de sus seres queridos (cediéndole espacio a los narcos) porque tenían muy claro que muchos integrantes de la fuerza policial formaban parte o eran socios de los Cárteles de la droga. Esos desaparecidos eran víctimas del narcotráfico. Hombres y mujeres, que un buen día no regresaban a sus casas porque sucumbían bajo las balas de sicarios y narcotraficantes; como sucumbieron los 43 estudiantes de Iguala, en el Estado de Guerrero.

Miguel Ángel Jiménez, enseñó a familias enteras y a madres angustiadas, y a esos hombres de manos callosas y rostros curtidos –en su mayoría campesinos- a buscar en cerros selváticos, los cuerpos de las víctimas, porque las autoridades no asumían esa tarea y poco les importaba el sufrimiento de esos trabajadores.

Miguel Ángel Jiménez, era quien tomaba la iniciativa de agarrar el machete y el arado y excavaba la tierra, en sus horas libres, junto a campesinos y pobladores, buscando a los 43 estudiantes y a los otros desaparecidos de Iguala.
Miguel Ángel Jiménez tenía la convicción de que los cerros alrededor de Iguala eran como un cementerio sin declarar; por eso, excavaba rodeado siempre de hombres rudos y mujeres valerosas; todos hartos de tanta incertidumbre buscaban pistas y cuerpos, pasando horas y horas, literalmente removiendo tierras y pastizales, hasta que los resultados comenzaron a salir a luz. Desde que se iniciaron estas actividades (y desde que el compromiso y la entrega de Miguel Ángel Jiménez por esa causa justa, fuera ampliamente conocido en todo México) se hallaron 129 cadáveres, los que fueron derivados a las autoridades para su labor de identificación. Se hacía justicia bajo los rayos del sol. Finalmente.
Pero inevitablemente, dado el panorama reinante en México, estas excavaciones trajeron consigo la sentencia de muerte de Miguel Ángel Jiménez, porque excavar significaba enfrentarse a los asesinos, muchos de ellos policías corruptos o elementos del narcotráfico; y además, significaba transitar por el camino de la verdad y de la legalidad. Una verdad que de salir a la luz pública, empañaría las actividades ilícitas y la impunidad imperante de los responsables de tantos desmanes teñidos en sangre y causantes de luto.
Ninguno de los excavadores imaginaba que la muerte daría a conocer su carta de presentación en el taxi colectivo de Jiménez, justo cuando honradamente trabajaba para aumentar sus ingresos, para mantener a su familia.
El crimen debe haber sido muy bien planificado, con todas las coberturas de impunidad imaginables. Los asesinos lograron su objetivo: sacaron del medio al intruso excavador y sembraron más miedo en la comunidad.

¿Pero Miguel Ángel Jiménez tenía miedo? Un periodista se lo preguntó una vez. Y por enésima vez Miguel Ángel Jiménez, contestó negativamente, con la coherencia propia del hombre cuyos valores están alojados en el alma.
Ocurrido el crimen; impactada la sociedad mexicana, las lágrimas de cocodrilo se vieron en los rostros de muchos policías y de no pocos políticos. Se oyeron expresiones de repudio y de indignación. Se oyeron frases hipócritas. Se oyeron sinceras y sufrientes expresiones de rabia, reclamando el castigo de los culpables. Se oyeron los lamentos de los excavadores que le seguían día a día. E inclusive alguien llegó a escribir recordando a Miguel Ángel Jiménez -con la emoción y la sabiduría que nacen del dolor y de la tristeza- que “el mago de Oz, que ayudó a las familias a tener valor y a salir a buscar a los cerros, que Dios le tenga en su gloria. Fuerza y fortaleza a su familia. Y que la semilla que sembró en los que salen a buscar a sus familias no los paralice el miedo”
¿Quiénes fueron los ideólogos del crimen? ¿Quiénes fueron los verdugos de Miguel Ángel Jiménez? Un periodista de la Agencia Reuter dijo: “por ahora eso es un misterio y es probable que sea así para siempre”.

Ahora los hombres de rostros curtidos y de manos callosas, y las mujeres valerosas deberán excavar el lodazal de la impunidad para identificar a los responsables, para que no sea para siempre.

*Foto de Portada: Miguel Ángel Jiménez, en plena labor de búsqueda de desaparecidos; fuente de la fotografía www.bbc.com
*Foto inferíor: el dolor por la desaparición física de un ser excepcional; fuente de la fotografía www.bbc.com