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LA HISTORIA DE CLAUDIA PRUEBA QUE VIVIMOS EN UNA SOCIEDAD INFAME

Por Georges Almendras

LA HISTORIA DE CLAUDIA PRUEBA QUE VIVIMOS EN UNA SOCIEDAD INFAME

Pobreza y delito: los componentes de la población vulnerable de America Latina

Por Jean Georges Almendras-6 de noviembre de 2018

Difícilmente podremos calibrar la  verdadera dimensión de la vulnerabilidad de las personas en un contexto social sobrado en pobreza y en carencias de toda forma y color. Difícilmente podremos estar en su piel. Difícilmente podremos tener la honestidad de reconocer que los dramas sociales, que nos son ajenos, deberíamos sentirlos como propios y en consecuencia merecedores de una mínima atención. Los hacemos a un costado, porque la rutina y la sobrevivencia, en nuestro microcosmos, nos enceguece (nos insensibiliza) y no nos permite sincerarnos con nosotros mismos para optar por hacer un alto en “nuestra vida” para así interesarnos en la “vida de otros”, y  en lo posible de esos otros que sufren necesidades y soledades. En ese marco, debido a nuestra dependencia con ese ejercicio sacro santo del egoísmo y del individualismo crónicos,  que nos invade en todo nuestro ser, y que nos gobierna, cobardemente nos conformamos con “decirnos” y con “decir” (pregonar) que debemos trabajar para que los dramas sociales y las injusticias sociales no sean el pan nuestro de cada día de los tiempos modernos, como ocurre verdaderamente. Y ese trabajo social in situ y comprometido para  desterrar las diferencias sociales que pregonamos finalmente  siempre es relegado y  retirado de nuestra agenda ciudadana, lo que nos convierte irremediablemente en incondicionales operadores de la hipocresía moderna, y en cómplices de miles de desgracias. Con este panorama sinceramente nos viene de perillas aquello de que del dicho al hecho hay un largo trecho. Es que  ese trecho (o esa grieta) es cada vez más largo, en estos tiempos. Tiempos en los cuales los dramas sociales están rotulados, están caratulados y peor aún, no están visibilizados. Están sofocados y muchas veces, criminalizados y judicializados. Esa judicialización perversa prácticamente al servicio de un capitalismo devorador y cruel. Esa judicialización que muy rara vez se hace trizas, especialmente cuando el drama social es sensiblemente alevoso. Y tan alevoso, que hasta por un momento uno llega a creer en los hombres y en este sistema, como si por arte de magia pudiésemos comprender y asumir (y aceptar) la realidad ajena como propia. Entonces,  por más que el drama sea realmente impactante y muy pesado, como el que hoy me veo en la obligación de compartir con los lectores, la rueda de la indiferencia sigue su curso y es precisamente por esa razón que me veo en la obligación de recalcar que el drama de hoy, en sí mismo,  encierra otros dramas y otras realidades. Dramas y realidades de la sociedad humana de nuestros días. Días en los cuales el hombre en libertad se ve expuesto y vulnerable a perderla en un segundo, apremiado por males que le son ajenos pero que lo envuelven y lo devoran con mucha saña. Males que están ahí, a la vuelta de la esquina. Males (de la “maravillosa civilización moderna” en la que nos encontramos) tales como la pobreza, el narcotráfico, las diferencias (injusticias) sociales y el sistema en el cual nos desarrollamos todos sin excepción. Un sistema que lacera y corroe (y pisotea) la dignidad humana, todos los días del año, y en nuestras narices.

La  historia que nos ocupa fue divulgada al mundo por el diario argentino Página 12 en la pluma de la colega Irina Hauser, a la que arrebatamos su talento narrativo para continuar divulgándola, aún sin pedirle permiso. Pero creo que la historia bien merece una infracción de tal naturaleza y por cierto la vista gorda de la redactora( entonces  para ella va además nuestro agradecimiento).

La historia que nos ocupa es la de Claudia  Suárez Eguez. Una mujer boliviana que estuvo casi un año presa en una cárcel argentina por tráfico de un kilo de cocaína. Tráfico que debió hacer con el único objetivo de obtener 700 dólares con los cuales pagaría la quimioterapia para su hijo de 13 años enfermo de cáncer. Como la maniobra fue abortada  por las autoridades  (en la  noche jujeña del 24 de octubre del pasado 2017 en la frontera de Argentina y Bolivia) el pago de los narcos no se concretó, la quimioterapia no fue posible, y obviamente Claudia estuvo presa (dando a luz a una cuarta hija durante  su reclusión). Pero además su hijo se agravó, hasta que finalmente la justicia (antes de excarcelarla)  le concedió un permiso para estar con  él un mes, en cuyo lapso falleció por lo avanzada que se encontraba la enfermedad. El único bálsamo que el destino le deparó a Claudia, en medio de la dramática y nada envidiable situación, fue estar junto a su hijo los seis últimos días de su vida. Y punto. Ahora Claudia sigue con su vida, protegiendo a su hija nacida en reclusión y a dos niñas más, esperando su sobreseimiento gestionado por su defensor público (acá decimos de oficio).

Y ahora nosotros, que miramos su historia desde las afueras,  hacemos nuestras reflexiones. ¿Y qué reflexionamos? ¿Y qué decimos?.

Sin hipocresías decimos (y reflexionamos) que este mundo (y esta sociedad) es una reverenda mierda, porque ocurren estas situaciones de mierda. Así de sencillo. No da para otra reflexión ni para otra conclusión.

Claudia, de 33 años, habla con la periodista Irina Hauser. Es una comunicación telefónica. Claudia se encuentra en la ciudad boliviana de Montero, en el departamento de Santa Cruz.

“Una por su hijos hace todo. Yo lo hice porque necesitaba dinero, y me ofrecían 700 dólares. ¿Usted sabe lo que es la desesperación” le cuenta Claudia a la colega de Pagina 12. También le cuenta que una vez que se reencontraron y  abrazó a su hijo Fernando, éste falleció a los pocos días.

Hauser relata en su crónica que el juez federal de Salta, Dr. Ernesto Hansen le concedió la excarcelación, aunque seguirá el juicio. Pero felizmente Claudia estará en su casa, junto a sus tres hijas, estando entre ellas la que nació en el penal de Güemes, en la provincia de Salta.

Claudia ha contado a la periodista de Página 12  que a su hijo Fernando le diagnosticaron un tumor en su pierna derecha, un tumor que crecía en forma acelerada; que además requería quimioterapia urgente y que en su país no hay tratamientos gratuitos. También le relató que trabajaba como empleada doméstica y como ayudante de cocina, y que sumó el cotillón en canastas para cumpleaños y centros de mesa, para poder subsistir. Y que cuando su hijo enfermó y que debía llevarlo al hospital, se veía con serias dificultades para hacer todas esas actividades por lo que solo preparaba picantes los días viernes para poder pagar los medicamentos. Obviamente el dinero no alcanzaba.

“Tuve que tomar esa decisión de llevar cocaína, un kilo nomás, pero salieron mal las cosas y ya no pude estar con mis hijos. Yo sabía lo que iba a hacer, aunque no conocía a nadie que lo hubiera hecho, pero así iba a poder seguir pagando los gastos de mi hijo y la comida, era lo que importaba” relató Claudia a Irina Hauser.

Y agregó en su relato la secuencia del momento en que es detenida por personal de Gendarmería, en un control de rutina sobre la ruta 34: “Fue algo muy doloroso para mí. Solo se me venía a la mente la carita de mi hijito, cuando lo dejé en casa”.

En la faz jurídica de este caso, dramático desde todos los ángulos, la crónica de Hauser da cuenta de que para el Tribunal no estaba demostrado que la mujer  “no tuviera otra opción que incurrir  en un delito para salvar otro bien jurídico prevalente” vale decir, la vida de su hijo. Desde el Tribunal se hizo más implacable la posición porque los jueces señalaron “no resulta  creíble que una persona que supuestamente se encuentra coaccionada por la situación económica y la necesidad de afrontar los gastos de la enfermedad de un hijo y que la llevaron a incurrir en un delito, tenga sus condiciones mentales y espirituales para establecer y coordinar un viaje de esas características”. En sus fundamentos los jueces agregaron que se pudo constatar que Fernando estaba al cuidado de su abuela y que tres hermanas de Claudia tenían trabajo como ladrilleros y moto taxistas, lo que les parecía suficiente.

El caso de Claudia Suárez Eguez tomó estado público y en los Tribunales de Salta y Jujuy su situación cobró ribetes de escándalo, al tiempo que los pronósticos médicos del estado de su hijo que ella recibía en prisión eran literalmente dramáticos.

Durante tres meses Fernando no hizo la quimioterapia, y por eso la enfermedad avanzó tanto y llegaron a amputarle la pierna ¿Qué podía hacer yo encerrada? Solo quería hablar con él y era muy difícil. Cuando lo lograba, él me decía que estaba bien, no me  hablaba de sus dolores. Me daba ánimo él a mí, no quería que yo estuviera mal. Tampoco me decía nada mi familia. Ni nadie podía visitarme porque no tenía recursos” fue el relato de Claudia a Página 12.

Y agrega: “Donde estuve presa en Salta algunas mujeres decían que era la segunda vez que las detenían por lo mismo. Varias eran bolivianas. Como para mí era la primera vez, yo estaba muy asustada. Hablábamos entre nosotras, no hice amistad con ellas. Tampoco imaginé que iba a ser tanto el tiempo que pasaría en la cárcel, aunque el defensor me lo advirtió. Yo le pedía a él que por favor me ayude. Pero también le pedía a Dios que me hiciera el milagro de poder ver a mi hijo. Soy creyente y eso me ayudó”.

Claudia en prisión dio a luz a Sheila Jazmín y cuando el Juez Ernesto Hansen la autorizó a viajar por un mes para estar con su hijo Fernando, con la beba en brazos puso proa a su hogar. Y como dijimos al inicio, pudo acompañarlo en sus últimos días de vida.

Andrés Reynoso es su defensor público. Fue entrevistado por la colega Irina Hauser.

“Las mujeres que incursionan en el delito de contrabando de estupefacientes suelen ser víctimas de profundas condiciones de pobreza y vulnerabilidad y han señalado que se dan motivos económicos concretos como la necesidad de pago de tratamientos médicos para un miembro de la familia. También la Comisión Interamericana de Derechos Humanos realizó este vínculo entre pobreza, género y delitos de droga. La pobreza, la falta de oportunidades, las barreras al acceso a la educación ponen a mujeres y niñas en situaciones vulnerables y hacen de ellas  objetivos fáciles de la delincuencia organizada. De hecho, las mujeres con bajos niveles socioeconómicos y educativos figuran entre las personas de mayor riesgo a ser utilizadas para participar en operaciones delictivas como victimarias o traficantes”

En la crónica de Hauser se consignó que el Estado boliviano, después del deceso del hijo de Claudia, reconoció la falta de oportunidades que tuvo Claudia. Es decir, que Claudia se vio ante una situación límite.

El abogado dijo también que una suerte de “estereotipo de criminalización” cayó sobre Claudia “tal como ocurre con otras mujeres por su género, clase y localización geográfica. No valorar cómo la historia personal signada por un contexto de desigualdad estructural ha determinado la elección de la señora Suárez Eguez, implica una práctica discriminatoria, bajo el velo de una supuesta neutralidad

Sorprendentemente desde la Procuración penitenciaria se planteó que las crueles circunstancias vividas por Claudia, con su detención y la muerte de su hijo, deberían ser consideradas “una pena natural”.

Andrés Reynoso pidió el sobreseimiento de Claudia. Y explica a la periodista de Página 12 que  en los momentos en que se hizo cargo del caso “empezamos con la médica y los familiares a conseguir algo” sin dejar de recordarle a la colega, que Claudia, desde que fue detenida siempre dijo que había hecho eso para poder pagar el tratamiento de su hijo.

“Era un diagnóstico reciente, y había empezado por medio de una fundación a poder financiar una parte del tratamiento. Pero la otra parte la tenía que aportar ella. Ahí es cuando se viene y deja a su hijo a cargo de la abuela, sin recursos. En marzo, Claudia tenía una información algo distorsionada por parte de los parientes, que querían que no se preocupara y los hijos creían que estaba trabajando. La médica se comunica con nosotros y nos da una línea de tiempo: Fernando empezó el tratamiento, lo abandonó y volvió a la clínica con el cáncer avanzado. Les planteamos a los jueces que estábamos ante un estado de necesidad justificante o ex culpante. Pero los jueces no dieron crédito. Es un fallo inentendible, desde lo que se resuelve, lo técnico. Dicen que los certificados no sirven porque son copia simple y luego solo están los dichos de la mujer. Aquí se visualiza esta concepción de que cualquier persona es capaz de decir que el hijo se está por morir (pasa salir de la cárcel). Deberíamos bajar los estándares. Si hoy hay que probar todo con copia certificada y un acta notarial, es reducida la población que puede llegar a ese nivel de prueba”.

Cuando la periodista (verdadera y muy oportuna artífice de la difusión de los entretelones de ésta historia de vida; una historia rescatada de la voluminosa casuística de nuestra América Latina, prisionera aún de todos estos barbarismos propios de un sistema deshumanizado por naturaleza y por ser parte de estructuras desfavorables para los más desposeídos) preguntó al abogado Reynoso si la excarcelación de Claudia fue una excepción , el profesional – que es un experimentado (y felizmente muy sensible) defensor público ante los Tribunales Federales de Jujuy- respondió: “Es un caso excepcional. Es la primera vez que veo la excarcelación de un delito como éste. Se ha involucrado finalmente el estado plurinacional en la situación concreta y ha generado, no sé si en voz alta, un diseño de políticas públicas para la efectivización del derecho a la salud. Esa intervención no la teníamos. No contábamos con eso ni para recibir un certificado de nacimiento

Difícilmente podremos calibrar la verdadera dimensión de la vulnerabilidad de las personas en un contexto social sobrado en carencias de toda forma y color.

La dramática historia de vida de Claudia es la historia de la vulnerabilidad de muchas Claudias esparcidas en nuestra América Latina ( en el mundo). Es la historia de la estigmatización de los sectores sociales más azotados por las carencias económicas, laborales y educativas, donde la cuestión de género y los prejuicios fomentan discriminaciones e intolerancias. Y fomentan el fortalecimiento del crimen organizado aprovechando mano de obra acuciada por la desesperación. Esa desesperación del necesitado que no por ser ajena nos debe resultar indiferente, porque en definitiva, de esas diferencias sociales (y de sus consecuencias, como resulta ser ésta historia de Claudia)  nosotros también somos responsables.

Nosotros, con nuestras indiferencias  y con nuestros silencios, y nuestros individualismos, y nuestros egoísmos, alimentamos al sistema para que éste, más tarde o más temprano, genere casos de esta naturaleza, que tienen el denominador común de la pobreza y del delito, hermanos entrañables que erosionan siempre a los más jodidos. Porque además, el sistema judicial (o el sistema político) corrosivo esencialmente, por allá y por acá, siempre se esmera en criminalizar a golpe de vista y sin contemplaciones,  transformándose en el verdugo inexorable de hombres y mujeres, jóvenes y niños también, cuyo único delito fue haber nacido y crecido en medio de la pobreza y huérfano de oportunidades. Oportunidades que le fueron arrebatadas por los que llevan las riendas de la sociedad en la que se encuentran.

Desdoblándonos un poco hasta quizás podamos entender o imaginar el segundo en el que Claudia optó por ser “mula” de carga del narcotráfico; y el segundo en que el mundo se le vino encima cuando los perros de rastro de la Gendarmería, en medio de la noche, rascaron con insistencia las valijas que Claudia portaba con las esperanzas depositadas en un kilo de cocaína para salvar la vida de su hijo, algo que los narcos no solo ni imaginaban, sino que poco o nada les importaría de los motivos del compromiso efímero  de esa mujer de pueblo, con el delito.

Ese compromiso que fue determinante para la vida de su hijo y para la suya después.

Una historia de vida que nos salpica y nos duele, a nosotros. Capaz a otros les resbala: será un problema de ellos. De ellos, que siguen despedazando vidas, desde la comodidad de sus hogares y desde los puestos de poder. De ellos, de los que siguen atenazando a la humanidad, vistiendo ropajes diversos,  y esparciendo ideas  en ocasiones democráticas y progresistas, pero que en definitiva  son  ideas inhumanas y criminales, porque van seguidas de actitudes, gestos y acciones igualmente inhumanas y criminales, que atentan descaradamente contra los derechos humanos. Los tan mentados derechos humanos, que hoy son pisoteados casi religiosamente, en diferentes partes del planeta.

La historia de Claudia es la historia de nuestro fracaso como sociedad humana. Nuestro fracaso. Nuestro. Bien nuestro. Y por si fuera poco es la prueba irrefutable de que vivimos en una sociedad infame. Pútrida por las ambiciones humanas, que llenan alforjas de riquezas y pisotean vidas y esperanzas.

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*Foto de Portada: www.diarioPagina12.com