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NUESTRO VICTOR JARA, NO DE ELLOS

Por Jean Georges Almendras

NUESTRO VICTOR JARA, NO DE ELLOS

  Los militares te mataron pero no te arrebataron ni tu alma, ni tus ideas, ni tu canto

                           Por Jean Georges Almendras-14 de setiembre de 2017

 

Su sensibilidad, su inteligencia, su talento artístico, su carisma como educador y su liderazgo como luchador fueron los componentes de su vida. Un racimo de virtudes que constituyeron un verdadero tesoro para quienes  tuvieron la oportunidad de conocerlo; para quienes tuvieron la oportunidad de escucharlo cantar (porque su voz y sus composiciones, siempre fueron un canto al amor, un canto a la vida, un compromiso, una denuncia); y sobre todo para quienes tuvieron el regocijo de compartir con él, si acaso una clase, si acaso una peña o si acaso un viaje. Porque Víctor Lidio Jara Martínez, nacido el 28 de setiembre de 1932 en la ciudad de Chillán, en la región de Bio Bio, en Chile, fue literalmente un revolucionario íntegro. Un hombre íntegro. Un caudillo entre los caudillos de los años sesenta, en Chile y en el resto de América Latina y en el mundo.

Y ese caudillo, cuya vida fue extinguida dramáticamente por manos militares a los pocos días de concretarse el golpe de estado en Chile, no ha sido olvidado. Y mucho menos ignorado. Sus asesinos materiales y sus asesinos intelectuales querían que Víctor Jara desapareciera de la faz de la tierra. Entonces: lo martirizaron brutalmente en uno de los vestuarios del  Estadio Chile de la capital chilena  –Estadio que hoy lleva su nombre- , le destrozaron las manos a culatazos, lo masacraron a golpes, y finalmente acabaron con su vida baleándolo 44 veces. Pero no lograron que desapareciera de la faz de la tierra, ni mucho menos que su vida pasara inadvertida en las generaciones que  sobrevivieron al golpe militar de Augusto Pinochet.

Todos los días, en todo el mundo, su música y sus temas son cantados por grupos y solistas anónimos y mediáticos. Todos los días, no hay artista popular o ciudadano del planeta, y en especial de América Latina, que no lo evoque o no lo mencione, como un emblema de los miles de chilenos que fueron asesinados o sufrieron torturas y vejámenes durante la dictadura pinochetista.

El asesinato de Víctor Jara, como  de otros miles de chilenos y extranjeros, en aquellos días del terror, fue la demostración más descarnada de la filosofía y de las ideas antimarxistas de un pinochetismo criminal, rasgando una democracia legítima a punta de cañonazos de tanques, bombardeos desde aviones, masacres, desapariciones de personas, prisiones , golpes, torturas,  y toda una serie de bestiales atropellos de neto corte fascista y nazista. Atropellos con el sello criminal del imperio estadounidense, reflejado no solo a la hora de erosionar y sabotear el gobierno de Salvador Allende (desencadenando una dictadura caracterizada por la crueldad y el ensañamiento) y fomentados y patrocinados desde Washington bajo la siniestra tutela de la CIA y de un personaje oscuro del gobierno yanqui: Henry Kissinger.

Hoy, es muy difícil imaginar o si acaso ponerse en la piel de todos y cada uno de quienes estuvieron recluidos en las graderías del Estadio Chile o en las tribunas del Estadio Nacional de Chile, ambos escenarios de muerte, de la dictadura militar. Es muy difícil imaginar o si acaso ponerse en la piel de Víctor Jara en el preciso instante de ser reconocido e identificado por uno de los esbirros de la junta golpista. Y desde ese momento los verdugos no le tuvieron compasión alguna.

Para ellos, ese hombre no era un hombre desbordante de valores, era un enemigo. Un enemigo al que debían aplastar. Un enemigo en extremo peligroso por ser un muy talentoso artista hacedor de conciencia. Un enemigo que por años sensibilizó al pueblo, con su canto y con sus poemas. Un enemigo tan letal, pero tan letal, que había que desmembrar. Y lo hicieron. Pero no lograron hacerlo desaparecer de la faz de la tierra.

¿Quiénes fueron los responsables? ¿Un régimen dictatorial anónimo? No precisamente. Los asesinos intelectuales tienen nombre y apellido. Uno de ellos, el  principal: Augusto Pinochet, que escandalosamente murió abrazado a la impunidad, a los 91 años, el 10 de diciembre del año 2006. Los asesinos materiales, también tienen nombre y apellido. Transcurridos los años, y tras una serie de instancias judiciales, la viuda de Víctor, la coreógrafa inglesa Joan Turner (que muy pronto adoptó el apellido Jara), y sus hijas Manuela (del primer matrimonio de Joan) y Amanda ( del matrimonio con Jara)  fueron comunicadas de los resultados de las investigaciones:  a mediados del año 2016 el ex militar chileno Pedro Pablo Barrientos (que tiene nacionalidad estadounidense) fue considerado culpable de la muerte del cantautor ocurrida el 16 de setiembre de 1973 en el Estadio Chile, debiendo pagar una indemnización de 28 millones de dólares, según el fallo del tribunal federal de la ciudad estadounidense de Orlando. Barrientos, que negó siempre haber estado en el Estadio, según otros militares testigos, además de torturar a Víctor  Jara y de  dispararle dos veces en la cabeza con una pistola Lugger, lo escucharon jactarse de haberlo matado. Se estima que luego de esos dos primeros disparos, el ahora imputado, habría ordenado a otros militares presentes a disparar sobre el cuerpo del artista. Y como ya se sabe, le dispararon 44 veces. Barrientos fue juzgado en el marco de la estadounidense Ley de Protección de Víctimas de la Tortura, que permite a familiares de personas sometidas a tormentos o ejecuciones extrajudiciales en otros países presentar litigios civiles en tribunales de EEUU. Sobre Barrientos ahora está pendiente su extradición a Chile. ¿Se concretará?

Asimismo, la Justicia de Chile ordenó el procesamiento de varios militares retirados. Al cabo de tres años de investigaciones fueron procesados por el Juez Miguel Vázquez Plaza, por supuesta responsabilidad en los delitos de secuestro y homicidio (tanto de Jara como del ex director de Ferrocarriles del Estado  Littré Quiroga Carvajal) los ex militares Hugo Sánchez Marmonti, Raúl Jofré González, Edwin Dimter Bianchi, Nelson Haase Mazzei, Jorge Smith Gumucio, Ernesto Bethke Wulf, Juan jara Quintana, Hernán Chacón Soto y Patricio Vázquez Donoso. Anteriormente fueron indagados por la Justica chilena los ex militares José Paredes Márquez y Mario Manriquez: el primero confesó su participación y luego se retractó; y el segundo finalmente fue desvinculado del crimen.

Jurídicamente hablando el crimen de Víctor Jara no ha quedado impune. ¿No ha quedado impune? Creo que sí, porque el dictador  -Augusto Pinochet- nunca fue procesado. Nunca fue conducido a la justicia de su país.

 Han transcurrido 44 años de aquel horrendo golpe de Estado y uno no pude dejar en el tintero todas sus consecuencias, a diferentes niveles. Porque los represores y los golpistas, de esa tierra andina bella en colores, culturas y valores, siguen aferrados a esas ideologías. Ideologías sanguinarias, que todavía están expandidas en la América Latina de nuestros días. Cual un cóndor poderoso y bestial, que aún en democracia, todavía sigue sobrevolando nuestras cabezas, cubriendo con las alas de la impunidad a no pocos asesinos, a no pocos torturadores y  a no pocos responsables de delitos de lesa humanidad: en Chile, en Argentina, en Paraguay, en Brasil y en Uruguay.

No  podemos dejar en el tintero ni éste panorama ni el martirio de Víctor Jara, que pagó con creces ser comunista y haberse comprometido con sus ideas políticas y con el gobierno de Salvador Allende. Su muerte nos sigue arrancando rabia. Nos sigue arrancando dolor e impotencia.

Pero no lograron hacerlo desaparecer de la faz de la tierra, porque no lograron arrebatarle ni su alma, ni sus ideas, ni su canto.

Un día antes de morir, con el rostro entumecido y ensangrentado por los golpes y con sus manos aún incólumes, en medio de la soledad del vestuario donde se encontraba ya prácticamente sabedor que sus horas estaban contadas, cuidándose de no ser visto por sus verdugos, en una arrugada hoja, Víctor Jara escribió un poema conocido como “Estadio Chile”:

Somos cinco mil
en esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil
¿Cuántos seremos en total
en las ciudades y en todo el país?
Solo aquí
diez mil manos siembran
y hacen andar las fábricas.
¡Cuánta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura¡

Esa arrugada hoja Víctor la entregó a un compañero de sufrimiento. Un compañero que sabía que era el último aliento de su arte y de su denuncia, salido del corazón y del alma, de ese ser maravilloso llamado Víctor Jara. Un compañero que tuvo el acierto de hacer copias, algunas de las cuales llegaron a la calle y luego llegaron al mundo.

Fue el último poema de Víctor Jara, antes de ser asesinado el 16 de setiembre de 1973. Una descripción dolorosa y poética de lo que estaba viviendo él mismo y todos los compañeros que lo acompañaban en el Estadio Chile.

Nuestro Víctor Jara, al que los militares de la dictadura no  lograron hacerlo desaparecer de la faz de la tierra, porque no lograron arrebatarle ni su alma, ni sus ideas, ni su canto.

Nuestro Víctor Jara, no de ellos

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*Foto de Portada: www.elclarindechile.com