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OTRA PÁGINA PARA LA LIBERTAD

Por Giorgio Bongiovanni

 

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OTRA PÁGINA PARA LA LIBERTAD

Por Giorgio Bongiovanni

Era inevitable. Era necesario. Era indispensable. Extender, casi obligatoriamente, el periodismo de denuncia de Antimafia Duemila Italia al Paraguay, un territorio de Sudamérica donde la criminalidad organizada se ha instalado desde hace mucho tiempo dentro mismo de una democracia turbulenta, a juzgar por los acontecimientos políticos de los últimos diez años, incluido un reciente juicio político a ministros de la Corte Suprema de Justicia y parlamentarios del Paraguay, como resultado de un reciente hecho vergonzoso para el país y para la región, como ha sido el asesinato del periodista Pablo Medina, a manos de la narco política.

Los tiempos del periodismo libre se están codeando con los tiempos del sistema criminal sentado en el trono del poder político, triste e indignante realidad de una sociedad paraguaya siempre flagelada por la inestabilidad institucional y condicionada por la intriga, hasta extremos inimaginables, con el costo inclusive de vidas humanas. Basta con informarse sobre los hechos políticos y sociales de los últimos diez años –masacre de Curuguaty y caída de Lugo, por ejemplo- para darse cuenta de la realidad histórica de ese punto del planeta.

En este contexto, lo que literalmente nos ha repugnado del presente paraguayo, y perfectamente vale esa expresión, ha sido toda la antesala del hecho criminal que acabó con la vida de un colega y amigo de nuestra redacción. Porque el periodista Pablo Medina, además de un hombre íntegro y libre, era un hombre y un profesional de nuestra absoluta confianza que no dudó ni un instante, desde hace muchos años, a denunciar al sistema mafioso operativo en la región de Curuguaty, zona en la que el narcotráfico y otras modalidades delictivas sentaron sus respectivas bases, con crueldad y con sutileza mafiosa, atemorizando y amedrentando a la población con impunidad y descaro increíbles.

En los años 90, en Sicilia, Italia, Cosa Nostra sacó de circulación -porque tenía que hacerlo, y muy bien que lo hizo desgraciadamente- a los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, porque su labor y su ética profesional se interponía con sus cometidos y sus metodologías, y con su propia existencia como fuerza del mal. En el año 92, con pocos meses de diferencia, explotaron por los aires los jueces, la sociedad italiana se traumatizó y los jefes mafiosos, tras los atentados, hasta brindaron con champagne, aún estando entre rejas. Eliminados los magistrados, el camino quedo libre para Cosa Nostra, una vez más, para seguir desarrollándose en la Isla (y en el mundo) como sistema mafioso, hasta nuestros días y para pavonearse con los réditos que les dejo la tratativa entre el Estado y la Mafia. Tratativa que oportunamente había sido detectada por los jueces que perdieron su vida y que hoy, en el 2015, está en los tribunales de Palermo, para ser revelada por obra y acción del Fiscal Nino Di Matteo, sobre quien pesa una sentencia de muerte por parte de jefes mafiosos, rememorándose los temores y los malos presagios de los tiempos pasados, porque otra vez, el camino de Cosa Nosta, está en riesgo de ser obstruído por la Justicia. ¿Y otra vez ese camino habrá de quedar libre a costa de la muerte del valeroso Fiscal Di Matteo?. Somos muchos los que tratamos de evitar que la historia de tragedia y de estrago se vuelva a repetir en la tierra de mis antepasados, en la tierra de Roberto Sciascia, de Giuseppe Fava, de Pirandello. En los tiempos que corren, los tentáculos de la Antimafia se perfilan cada día más sólidos y más convincentes, extendiéndose allende la Isla; extendiéndose en Sudamérica. Resistiéndose siempre, codo a codo, con más fuerza. Día a día, con el sol de cada mañana.

Mientras en Italia, hoy, la sangre de algunos sicilianos hace que se grite a todo pulmón ¡¡Todos somos Di Matteo!! lisa y llanamente para protegerlo y no dejarlo solo , para que de esa forma en el proceso que este hace al Estado salga descarnadamente a la luz pública la verdad sobre esa tratativa maldita de los tormentosos años noventa, en el Paraguay, el periodista Pablo Medina desde su puesto de trabajo, una pequeña y muy modesta oficina instalada en la ciudad de Curuguaty, con la perseverancia, la inteligencia y la meticulosidad impuesta por las circunstancias de su tierra natal, venía interponiéndose en la rutina mafiosa de la región, ventilando con pelos y señales, en el diario ABC Color de Asunción, del cual era corresponsal, los entretelones de un alcalde corrupto, de nombre Wilmar Acosta, alias “Neneco”, estandarte del narcotráfico de la zona y seguramente muy vinculado (¿para ser protegido?) a los elegantes y acartonados parlamentarios o políticos de la capital.

Y sorpresivamente, de hecho, porque al igual que Giovanni Falcone y Paolo Borselllino, que tocaron en su andar resortes que perjudicaban e iban en contra de los intereses naturales de los mafiosos de Cosa Nostra, Pablo Medina, que hizo lo propio respecto a los mafiosos de su región de residencia, una tarde de octubre del año pasado, fue emboscado en su camioneta de trabajo, en un camino rural, donde dos hombres camuflados lo acribillaron a balazos de armas cortas y largas. Bajo un sol lacerante y un clima sofocante se apagaba la vida de un hombre que no hacía otra cosa que cumplir con su misión de ciudadano honesto y su trabajo de periodista libre. Junto a Pablo caía también una joven colaboradora suya, Antonia Almada, sobreviviendo al atentado una mujer hermana de ésta última, que también se encontraba en el vehículo objeto del mortal atentado.

El periodista valeroso de Curuguaty Pablo Madina fue sacado del medio a puro plomo y con mucha saña, tal como lo hicieron con Giovanni Falcone y Paolo Borsellino. A uno por ser periodista y a los otros por ser jueces honestos e incorruptibles. Incorruptibles como Nino Di Matteo y los fiscales que lo acompañan, que hoy batallan con la mentalidad mafiosa y con las intrigas del poder, propias de un Estado italiano cada vez más contaminado y putrefacto.

Épocas diferentes las de estos hombres. Pero en todos ellos se advierte aquel común denominador de desmantelar y de descabezar al sistema criminal. Jueces, fiscales y periodistas navegando en la misma barca. Navegando sobre aguas turbulentas. Buscando siempre sacar a la luz las verdades. Verdades con nombres y apellidos. Nombres y apellidos y grados de poder, dentro del Estado, dentro del sistema político, dentro de la sociedad.

Son muchos los años que transitamos por el periodismo de denuncia. En Italia, en Uruguay y en Argentina. Ahora lo haremos en el Paraguay. Porque también allí no deben estar ocultos los nombres y los apellidos de los sirvientes del mal mafioso. Porque la impunidad debe enfrentarse con su enemigo natural: la denuncia, la libertad de expresión y la justicia.

¿Que ha costado vidas?. Sabemos que sí, pero también sabemos que el periodismo libre crea conciencias y que esas conciencias neutralizan la impunidad imperante y además perduran para ejemplo de las nuevas generaciones ¿Sabemos que inclusive nuestras vidas corren peligro? Sabemos que sí, pero no nos dejamos vencer por el miedo, porque hacerlo todos los días sería morir todos los días. Dejamos que las fuerzas del bien del mundo entero se afiancen para neutralizar todos los planes criminales que nos puedan perjudicar y ayudamos a ello, con nuestra unión y nuestra inteligencia.

Antimafia Dos Mil Paraguay, con el colega y fiscal Jorge Figueredo, con sus colaboradores, van por ese camino. Por el camino de la verdad. Por el camino de buscarla. Por el camino de apoyarla y de denunciar la corrupción y al mafioso. Señalarlo. Con la misma entereza y el mismo valor de aquellos que ofrendaron su vida por asumir ese mismo compromiso sin dejarse aprisionar por los condicionamientos del poder, de la vida profesional o del dinero, dentro o fuera de Italia. Porque hacerlo así se ha transformado ya en una misión global y sin fronteras. No hacerlo, desde donde nos encontremos, significa más un egoísmo que una forma de honrar la vida; significa más una cobardía degradante, que una forma de vivir honesta; y significa, sobre todo, ser un cómplice de la impunidad imperante. Esa impunidad detestable, que corroe la dignidad de los pueblos, fortaleciendo al poderoso, al terrorismo de Estado y al terrorismo mafioso.

Enero 23 de 2015.