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PAOLO BORSELLINO Y GIOVANNI FALCONE HOMBRES CON H MAYÚSCULA

Por Saverio Lodato

PAOLO BORSELLINO Y GIOVANNI FALCONE HOMBRES CON H MAYÚSCULA

por Saverio Lodato – 17 de julio del 2017

Los recordaremos durante mucho tiempo. Quizás durante otro cuarto de siglo, o medio siglo más. ¿Quién puede decirlo? Si volvemos la vista atrás, a las palabras de Paolo Borsellino que esperaba el día en que el “perfume de la libertad” finalmente se sintiera fuerte y claro, no podemos dejar de preguntarnos si entonces pensábamos que era posible que el tiempo se fuera. Tanto es así que todavía nos encontramos aquí hoy, para pedir que el tiempo del “perfume de la libertad” finalmente llegue. Nadie, entonces, habría dicho que transcurrirían estos veinticinco años que han pasado.

¿Cómo han pasado?

¿Para hacer qué?

¿Para obtener qué?

¿Para ver qué cambio “radical”?

Uno, Giovanni Falcone, estaba seguro que Cosa Nostra, como todas las cosas de la vida, habría tenido su principio, su duración y su fin.

El otro, Paolo Borsellino, vio en las batallas de aquella época y en los jóvenes ese “perfume de la libertad”, que habría anulado el olor nauseabundo del “compromiso” ético, si es que así puede decirse (porque más oxímoron que este no puede haber), el tufo de una política corrupta, el hedor, tan itálico, de los sepulcros blanqueados, de ayer y de hoy.

Idealistas, por supuesto, Falcone y Borsellino.

¿Y se habrían hecho matar si no fueran idealistas?

Podrían haber vivido tan bien en la Italia de hoy. Podrían haber hecho carreras brillantes si hubiesen dicho “sí, señor” cuando era el momento de decir “sí, señor”. Tan inteligentes, ambos, para entender al vuelo todo lo que había que entender.

Por ejemplo: que nadie les pidió que enfrentaran seriamente a la mafia.

Por ejemplo: que no tenían que apuntar con el dedo a las milicias de la mafia pacífica y tranquila que existían desde hace décadas.

Por ejemplo: que no debían entrar a curiosear en los miasmas de la verdadera malaria de las relaciones entre la mafia, la política y las instituciones que durante un siglo y medio han contaminado la historia de Italia.

Y con los ejemplos podríamos continuar hasta el infinito.

Cuántas cosas que Giovanni Falcone y Paolo Borsellino entendían perfectamente, en tiempo real, mientras ocurrían bajo sus ojos, pero fingían no entender. Preferían no verlas.

Esperaban -no sé hasta qué punto- no equivocarse. Porque jugaban al “juego de la muerte”, esperando al menos diferir el día, sabiendo que aquella muerte que habían buscado con sus propias manos ya no era exorcizable.

Dejaron sus testamentos en una agenda electrónica y en una agenda roja, con la esperanza de haber puesto a salvo, en una personalísima Arca de Noé, los obscenos códigos del poder en los que estaban inmersos. Y alguien, muy bien ubicado, los hizo desaparecer.

¿Fueron ingenuos, entonces, además de idealistas? Desafortunadamente sí. ¿Y por qué lo hicieron?

Uno, como dijimos, creía en su propia lógica, porque ¿dónde está escrito que sólo a Cosa Nostra, entre todas las cosas de la vida, debe reconocerse el lujo y el privilegio de la eternidad? El otro, confiaba en el hecho de que las futuras generaciones serían capaces de ponerle fin a todo esto.

¿Pero queremos decir hoy que fueron Hombres con H mayúscula, en un país de liliputienses mezquinos y codiciosos, hipócritas y corruptos, falsos y mentirosos? ¿Que todo lo que hicieron lo hicieron por nosotros?

Y es en esta Italia, veinticinco años después, donde nos encontramos nosotros, los destinatarios de su ejemplo. Y es la  Italia representada por las lloronas de la gran prensa. ¿Saben quiénes eran las lloronas de la antigua Roma? Mujeres que a cambio de una compensación económica iban a los funerales de otras personas a rasgar sus vestiduras, emitir falsos lamentos y cantar loas al difunto.

Es la Italia de las lloronas a las que les pagan para llorar, como sucedía en los funerales del Sur, de los que Grazia Deledda nos dejó una maravillosa descripción: “Algunas mujeres seguían aullando porque las lloronas de profesión ya habían recibido la remuneración: una medida de trigo y una libra del queso”.

Las lloronas de una parte de la prensa y de la televisión, hoy se tiran de los cabellos por las “precarias condiciones de salud” de Totò Riina, que -en palabras de la Casación- tiene derecho a “una muerte digna”.

Son las mismas lloronas que, a cambio de monedas, van a la prisión de Marcello Dell’Utri para que diga, de paso, que se considera un “prisionero político” y, más específicamente, que quiere ser atendido por los médicos en su casa y no en la cárcel.

Y no sabemos cómo llamar, si lloronas o de otra forma, a los jueces de la Corte de Casación que para solamente un ciudadano italiano entre sesenta millones (Bruno Contrada) inventaron un cuarto juicio: el veredicto de Casación personalizado.

Dentro de dos días será el aniversario de la masacre de Via d’Amelio.

Y hay una cosa importante que pudimos hacer en estos veinticinco años: estar ahí.

Estar ahí de nuevo.

Estar todavía del mismo lado de entonces.

Con ellos, con los campeones de ese idealismo y de esa ingenuidad que desafortunadamente los llevaron a la muerte.

Con Paolo Borsellino y Giovanni Falcone, con las mujeres y los hombres de su escolta.

Veinticinco años esperando llegar a una conclusión.

Pero al final de cuentas también es cierto que lo poco que hemos logrado no es tan poco.

Prueba de ello es que los liliputienses esperaban que la historia hubiera terminado con Capaci y Via d’Amelio. Pero no fue así. Al menos en esto, se han equivocado.

 

Foto original © Shobha

saverio.lodato@virgilio.it