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QUE LOS MIEDOS NO NOS PARALICEN

Por Jean Georges Almendras

QUE LOS MIEDOS NO NOS PARALICEN

Por Jean Georges Almendras, con la colaboración de Carlos Santana desde México DF
Agosto 24 de 2015

Tras el asesinato en México del reportero gráfico Rubén Espinosa, y de cuatro mujeres, una de ellas la activista Nadia Vera, en la madrugada del día viernes 31 de julio de este 2015, en un apartamento de la Colonia Narvarte, de la capital mexicana, los sentimientos de indignación y de rabia ganaron a miles de personas, en ese país y en el mundo. Pero lo más estremecedor de todo este episodio, sin duda alguna, es llegar a la conclusión de que estas cinco muertes no son un hecho aislado, ni una cuestión circunstancial. Para nada. El asesinato de estas cinco personas, que en una primera instancia fueron golpeadas y torturadas, luego violadas (en el caso de dos mujeres), y finalmente ejecutadas a balazos, se inscribe en un contexto de sangre y plomo que se ha venido registrando en México, en los últimos años. Una realidad que lejos de enorgullecernos como ciudadanos del planeta, debería avergonzarnos. ¿Por qué? Porque hoy por hoy, a juzgar por el titular de un escrito de la agencia de noticias Reuters: “La violencia en México provoca más muertos que las guerras de Afganistán e Irak”. Sorprendente, quizás, pero cierto. Muy cierto. Basta que el lector se tome la molestia de revisar –con la paciencia y la tenacidad de un investigador- los diarios mexicanos de los últimos años, para que pueda llegar a esa triste conclusión.

Los periodistas mexicanos y los observadores internacionales insisten, con conocimiento de causa, que México actualmente es uno de los países del mundo con un alto índice de criminalidad, y donde los asesinatos que se registran tienen un estrecho vínculo con el narcotráfico. Insisten también que México es el país más peligroso para ejercer el periodismo después de Siria.

Hay estadísticas que reafirman este panorama.
Por ejemplo el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) ha sacado a luz algunos datos que nos ponen los pelos de punta. Se ha consignado que desde que comenzó la guerra contra los narcotraficantes en México (que fuera iniciada durante la administración de Felipe Calderón, en el año 2007) se ha contabilizado (hasta el año 2014) la friolera de 164 mil víctimas. Y lo más aterrador de estos números, y tal como lo anotábamos al encabezar este artículo, es que los mismos superan con bastante énfasis, las bajas –durante ese mismo período- en las guerras de Afganistán e Irak.

En un despacho de Reuters, se señala con mucha precisión un informe del colega Jason M. Breslow, quien afirma que en Afganistán, desde que comenzó la guerra en el año 2001, murieron unos 26 mil civiles. Agrega además que en Irak, la suma de víctimas alcanza a 160.500, desde el inicio de la invasión por parte de tropas de los Estados Unidos. La ONU ha hecho unos cálculos más preocupantes, si comparamos esa realidad con la realidad mexicana, ya que en el mismo período -2007 al 2014- la suma de ambas guerras han dejado un saldo de 103 mil muertos. Recuerde el lector, como lo decimos en un párrafo precedente, que en México, el saldo de víctimas es de 164.000.

Pero hay más.
Con ánimo de consignar –de denunciar verdades- se ha dicho desde la INEGI que solo en el pasado año 2014 han muerto en México unas 20.000 personas. En contraposición, en el año 2011, siempre en base a los informes oficiales de la INEGI, el panorama fue más aterrador, porque en la guerra declarada a los elementos del narcotráfico se registraron unos 27.000 asesinatos. Hay que aclarar, tal como lo dice el periodista Breslow a Reuters, que establecer una cifra real de las víctimas no es tarea fácil porque los homicidios documentados en México no son vinculados directamente a la guerra con el narcotráfico.

Dar lectura a estas cifras; asumir todas estas muertes de civiles; asumir los asesinatos de periodistas y de activistas sociales, como por ejemplo el de Miguel Ángel Jiménez, ultimado a balazos en su taxi de trabajo, por el hecho de haberse comprometido con la invalorable tarea de buscar los cadáveres de personas desaparecidas en cerros y campos donde los narcos campean impunemente, a uno particularmente le causa estupor, y una indignación tal que hay momentos en los cuales uno desearía tomar el camino de las armas para acabar con estos criminales, pero fundamentalmente con los hombres del poder que los alimentan ideológicamente, los encubren y hasta los promocionan solapadamente, subestimando la inteligencia de los mexicanos y de gentes de fuera de fronteras.

No obstante que la violencia en México ha alcanzado un alto grado de impunidad y de complacencia político-gubernamental, no todos los ciudadanos mexicanos tiran del lazo en el mismo sentido. Hay quienes viven y se comportan socialmente con miedo, y ni por asomo logran salir de su individualismo, o de su torreta, para estrechar filas y levantar un muro ante la pesada maraña del mal, cómodamente alojada bajo el regazo de algunos gobernantes mexicanos. Y digo algunos, con la esperanza de poder equivocarme.

mexicoCharly1Nuestro colaborador en México DF, Carlos Santana, notoriamente consustanciado con la causa de todos los periodistas que luchan por la verdad y para la denuncia del crimen organizado, y visiblemente conmovido ante la muerte del reportero gráfico Rubén Espinosa y de las cuatro mujeres que estaban junto a él, en la vivienda de Narvarte, no pudo dejar de asistir a una de las tantas movilizaciones convocadas para protestar por el múltiple crimen.
Y nos cuenta que el 5 de agosto, esa movilización, que había sido convocada por las redes sociales en la página “Yo Soy 132” de Facebook, se llevó a cabo en las puertas de la representación de Veracruz, en la calle Versalles, de la Colonia Juárez de la ciudad de México.
“Al llegar a la protesta reinaba el silencio” –relata Santana. Y agrega: “Solo se sentía el sonido de los clics de las cámaras de los fotógrafos reporteros en cobertura de la concentración. Enfocaban las pancartas en muchas de las cuales se acusaba a Javier Duarte, Gobernador de Veracruz. Junto a los colegas mexicanos estaban periodistas extranjeros. Pero me llamo la atención que los habitantes de ese punto de la ciudad seguían desarrollando su rutina como zombis, en clara lucha por llegar a sus respectivos hogares a descansar o a comer, prácticamente ajenos a la protesta, distantes. Sin mostrar sensibilidad y sin mostrar interés por lo que estaba ocurriendo en ese lugar, y mucho menos por saber los detalles o los motivos de los asesinatos. Sentía el nerviosismo de las personas y me daba cuenta del cruzamiento de las miradas, para ver quienes estaban presentes. Después de un tiempo le pregunté a una mujer, que sostenía una pancarta si creía conocer algún diario que no estuviera prostituido, y que me ofreciera informaciones confiables. La mujer me contestó que solo estaba el periódico “Proceso”, donde Rubén Espinosa colaboraba. En la protesta pegaron pancartas señalando al presunto culpable del crimen, con la frase “Fue el Estado”. Y vi a una mujer, de mano temblorosa, prendiendo con un encendedor tres veladoras. Trataba de mantener el fuego que se apagaba con el viento. Y casi simultáneamente veía que la protesta también se apagaba, porque la sociedad no se detuvo para estar presente. Hasta que vino una represión policial, y al final nos quedamos unas cuatro personas para platicar estando entre ellos dos jóvenes y una señora de unos 50 años. De pronto se nos acercó un señor que rato antes lo vimos tomando fotos de la movilización. Nos pregunto si se iba a hacer otra manifestación. Luego nos comentó que todos sabemos que estamos sujetos al Estado. Y luego nos enteramos que ese señor era el jefe de policía”.

El periodista Pedro Echeverría, por ejemplo, nos cuenta sobre una marcha de periodistas en Yucatán en contra de los asesinatos de sus compañeros. Una marcha que también tenía los fantasmas de la ausencia, del desinterés, y de los miedos. Y pese a todo, fue una marcha que también tuvo sus sorpresas. El relato -publicado en “Rebelión”- es elocuente: ”Pensé que solo saldrían seis o siete, teniendo la experiencia poco participativa en el Estado; pero salimos 150 reporteros, fotógrafos, locutores, articulistas, además de otros 150 apoyadores en la manifestación de repudio al asesinato de periodistas en el país. La marcha fue de kilómetro y medio: del “remate” o subasta del Paseo Montejo hasta llegar al Monumento a la Bandera donde se depositó una urna con la fotografía de Rubén Espinosa rodeado de unas cuantas veladoras. Fue una manifestación en silencio y no hubo discursos, sólo algunas pancartas. Al parecer estuvieron periodistas de todos los diarios, así como articulistas y fotógrafos de la red de internet. Ante mis preguntas del por qué no había en Yucatán un sindicato de periodistas algunos me respondieron que se registraba mucho miedo a la pérdida del empleo; pero quizá con esta primera manifestación podría surgir la idea de que algunos sindicalistas-periodistas de la ciudad de México ayuden a la organización y al registro ¿Puede olvidarse acaso que un sindicato podría unir fuerzas y con ella lograr estabilidad en el empleo, aumentos salariales y prestaciones, así como mayor libertad en el trabajo?. ¿Han asesinado a periodistas en Yucatán? , pregunté a varios y la respuesta fue no, pero dada la situación del país, “tenemos miedo a ser víctimas de un enloquecido” .¿Por qué también en Yucatán los periodistas temen ser víctimas del narcotráfico y del mal del gobierno? México sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo para los periodistas. En la última década han sido asesinados más de 80 periodistas y 17 han desaparecido. Asimismo, ciertos medios de comunicación frecuentemente son blanco de ataques armados y de amenazas, en especial en el norte del país. ¿Quiénes están detrás de estas intimidaciones? Los cárteles de la droga, que se preocupan por hacer callar a los periodistas y blogueros que informan sobre las actividades del crimen organizado y la violencia ligada a ellas”

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El ejemplo más descarnado de los riesgos que corren quienes hacen público “ese mal del gobierno” al que hizo referencia Echeverría, en su artículo tomado por “Rebelión”, lo constituye el caso de la activista Nadia Vera, asesinada junto al periodista Rubén Espinosa, y que meses antes de caer bajo la furia de sus homicidas señaló con su dedo al Gobernador de Veracruz, como uno de los eventuales responsables de un atentado –que podría cometerse- contra las vidas de quienes integraban movimientos de denuncia.

En efecto, ocho meses antes del crimen, Nadia Vera había concedido una entrevista con la revista “Rompeviento” a una cadena de televisión por internet, grababa en video, en la que daba a conocer ciertas advertencias.

“Responsabilizamos totalmente a Javier Duarte de Ochoa, el gobernador del Estado, y a todo su gabinete sobre cualquier cosa que nos pueda suceder a los que estamos involucrados y organizados en todo este tipo de movimientos, tanto estudiantes, académicos y sociedad civil en general. Sí, queremos dejar muy marcado que es totalmente responsabilidad del Estado nuestra seguridad, porque son directamente los que están mandando reprimirnos”

¿Una muerte anunciada?
Todo indica que sí
¿Algunas de las víctimas ya veían el rostro de los ideólogos de una eventual acción de violencia en su contra?
Todo indica que sí.

Pero no fue exclusivamente Nadia Vera quien dio a conocer sus temores y tales advertencias, porque el periodista Rubén Espinosa también recorrió los mismos andariveles. No bien llegó a Mexico DF, toda vez que fue entrevistado por medios de comunicación y toda vez que tuvo oportunidad de dialogar con colegas, dijo con tono preocupado:”me salí del Estado de Veracruz porque no hay condiciones, y por los antecedentes. Ha habido 13 compañeros asesinados, cuatro desaparecidos y si no me equivoco 17 exiliados. Simplemente no se puede, no estás seguro en tu casa y nadie va a hacer nada por salvarte”

En la medida que fueron pasando las horas y los días después de las muertes del reportero gráfico Espinosa, de la activista Vera y de las mujeres que la acompañaban, en todo México se vivía un clima de presión por parte de las asociaciones de periodistas exigiendo, algo muy razonable, evitar que el caso quede cubierto por el mando de la impunidad.

Policialmente hablando, los investigadores (de la Fiscalía y de las fuerzas de seguridad) obtuvieron el registro gráfico (de cámaras de seguridad del vecindario) de tres presuntos homicidas abandonando el lugar. Uno de ellos se sube a un vehículo Mustang de color rojo, junto a otro sospechoso cargando una maleta (en apariencia muy pesada). Al tercer individuo se lo ve alejándose del lugar a pie. En el curso de las investigaciones y de los peritajes trascendió que la Fiscalía dispuso operativos llegándose a detener a un hombre, quien estaría bajo sospecha de ser uno de los involucrados en el múltiple crimen.

Ahora bien, y por si fuera poco, a la nómina de preocupados por estos asesinatos debemos sumar a la ONU. A cuatro días del sangriento hecho la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ONU-DDHH) condenó enérgicamente los crímenes llamando a fortalecer los mecanismos de protección a comunicadores.

¿Fría letra o la antesala de una acción comprometida y responsable de las Naciones Unidas? ¿La muerte de estas personas sensibilizará a los burócratas de la ONU?
¿O por enésima vez, la ONU no hará otra cosa que derramar lágrimas de cocodrilo?
Habrá que ver qué sucede de aquí en más.

Mientras tanto, para la Oficina del Alto Comisionado en México, si las investigaciones confirman que este aberrante múltiple crimen tiene relación con la labor periodística de Rubén Espinosa, se estaría en presencia de un acto gravísimo contra la libertad de expresión.

A propósito de este tema, se dijo que la ONU-DDHH alienta a las autoridades mexicanas a redoblar esfuerzos en la investigación de este caso, tanto en el Distrito Federal como en Veracruz, agotando todas las posibles líneas de investigación.

En el otro extremo de este largo camino de espinas en que se ha transformado el grito de reclamo de justicia en México, el Gobernador de Veracruz Javier Duarte se desvinculó del asesinato del periodista Rubén Espinosa. A partir del 12 de agosto la noticia recorrió México y fuera de México. En un comunicado declaró: “Respondí a todas sus preguntas –refiriéndose a las interrogantes que se le formularon cuando declaró ante la Fiscalía- y dejo claro que me deslindo totalmente de los acontecimientos ocurridos el 31 de julio en la Ciudad de México”
Y luego dijo no creer en los linchamientos públicos “que lejos de crear valor, alejan de la verdad y encubren a los verdaderos culpables”, para finalmente concluir:”la verdad nos hará libres”.

Aunque era obvio que el Gobernador no se iba a asumir responsabilidad alguna en el múltiple crimen, sus declaraciones y sus comunicados igualmente cayeron como un baldazo de agua fría sobre muchos mexicanos. Y en particular la forma en que concluyó el comunicado.

¿Cuál es el sentido que el Gobernador Javier Duarte le da a eso de que la verdad “nos hará libres”? ¿Una expresión caprichosa? ¿Capciosa? ¿Fue una burda y descarada provocación lanzada al viento para sembrar impunidad? ¿Su declaración voluntaria –y fuera de lo común- ante la Fiscalía, fue una movida estratégica? ¿Qué está ocurriendo verdaderamente? ¿Los investigadores llegarán algún día a los asesinos materiales e ideológicos del múltiple crimen?.

Ante estas interrogantes que compartimos con el lector, me veo en la obligación de recordar que Veracruz cuenta en su haber con una nómina de mártires muy ilustres. En los últimos años la primera víctima fue la abogada Digna Ochoa, después otros y entre ellos la periodista Regina Martínez. Por último, el periodista y fotógrafo Rubén Espinosa, que aunque muerto en México DF, forma parte de la nómina de los mártires de Veracruz.

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¿Alguien puede atreverse a pensar que todas estas muertes son hechos aislados? Lamentablemente no están ausentes quienes así lo piensan.
¿Podremos ser tan inconscientes en creer que es imposible que desde las estructuras de poder se planifiquen cuidadosamente crímenes?
Lamentablemente hay quienes se regodean de esa inconsciencia
Lamentablemente hay quienes ni siquiera barajan esa posibilidad, porque es más cómodo dar a las estructuras de poder libertad de acción, convencidos que ellas, pese a las numerosas evidencias en contrario, en la historia de México y de la humanidad, no se contaminan ni tampoco se manchan de sangre inocente.

En uno de sus escritos relacionados con la muerte de Rubén Espinosa y de la activista Nadia Vera, Arsinoé Orihuela ha dicho: ”La denuncia no derroca gobiernos ni remueve estructuras socioeconómicas. A lo mucho señala la podredumbre de una fuente de autoridad o previene acerca de los abusos que frecuentemente acompañan al ejercicio de poder. Pero en Veracruz esa práctica básica es una herejía meritoria de persecución, tortura, y no pocas veces la muerte. El mensaje es claro: no se tolerará ni un connato de crítica, y el brazo de venganza veracruzano no conoce fronteras geográficas”.

Las informaciones sobre el caso del apartamento de la colonia Narvaes dieron cuenta en México que Rubén Espinosa y Nadia Vera, no estaban exagerando cuando públicamente en foros decían “en Veracruz nos están aniquilando”.

Una afirmación que para ellos fue profética.
En la tarde del 31 de julio del 2015 los aniquilaron a ambos; pero antes, los torturaron y finalmente, uno a uno, les dieron un tiro de gracia en la cabeza, corriendo igual suerte tres mujeres que se encontraban en el apartamento: nos estamos refiriendo a Mile Virginia Martín, colombiana, de 31 años; Yesenia Quiroz, de 18 años -compañeras de piso de Nadia Vera- y Alejandra Negrete, de 40 años, empleada de la vivienda

Entonces, retomando el texto de Arsinoé Ochoa del colectivo mexicano “La Digna Voz”, hacemos nuestras otra de sus reflexiones:”No basta con denunciar la corrupción e impunidad que campea a sus anchas en el país. Ya casi es noticia la obstinada presencia de esos flagelos virulentos. Esa situación impresentable no cejará por una mera cuestión de voluntades institucionales. Urge más bien estar alerta acerca de cuan inerme está la población civil, y de cuan imperioso es desarrollar anticuerpos con base en la organización para frenar la espiral de violencia, crimen e inseguridad que desde el poder y las instituciones formales se cultiva entusiastamente”

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Y como dice Arsinoé Ochoa, con quien seguimos coincidiendo, no podemos minimizar ese “nos están aniquilando” de Rubén y Nadia, porque hacerlo, aún fuera de México, sería contribuir con el poder criminal situado en los sillones del poder.
No podemos minimizarlo, ni en México, ni en el Paraguay, donde la nómina de periodistas caídos bajo las balas del narcotráfico y de la narco política es extensa.
No podemos minimizarlo tampoco allende el Atlántico: en Europa, en particular en Italia, y más específicamente en Sicilia, Palermo, donde la flor y nata de los capos mafiosos mantienen su poder y su daga sobre los cuellos de los operadores de justicia, y sobre los periodistas que se aventuren en denunciarlos. Porque entre la realidad italiana y la realidad mexicana, las similitudes son múltiples, por más que las cifras de muertes no sean iguales. Pero la guerra entre lo mafioso y lo anti mafioso está planteada y está vigente. De este lado del Atlántico, la muerte cobra más vidas, del otro lado del Atlántico, hoy la sangre derramada no ha llegado a las plazas, porque en casi 200 años, ya ha inundado ciudades enteras dejando su tendal de víctimas.

Pero allá o acá la lucha es la misma y los miedos son los mismos. Son miedos que no deben paralizarnos.

*Fotos de Carlos Santana desde México DF exclusivo para Antimafia Dos Mil
*Foto de Regina Martínez: heroínas.blogs.pot.com