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SIN CUSTODIA, DI MATTEO RENUNCIA HABLAR EN EL KING’S COLLEGE DE LONDRES

Por Aaron Petinari

SIN CUSTODIA, DI MATTEO RENUNCIA  HABLAR

EN EL KING’S COLLEGE DE LONDRES

Por Aaron Pettinari – 4 de Mayo del 2017
Contiene el discurso íntegro del magistrado leído a los presentes

Para estar presente en Londres y hablar de la mafia y la corrupción ante los estudiantes de la Sociedad Italiana del King’s College hubiera tenido que renunciar a la escolta. Por esta razón, Antonino Di Matteo, fiscal del proceso de la tratativa Estado-mafia junto a Vittorio Teresi, Francesco del Bene y Roberto Tartaglia, renunció a la clase que debería haber dictado junto con Anna Sergi, una experta en el crimen organizado y profesora de criminología en la Universidad de Essex y Simon Taylor, director y co-fundador de la ONG “Global Witness” dedicada a combatir la mafia y la corrupción.

En el encuentro, moderado por Barbara Serra, periodista y presentadora de Al-Jazeera, también se proyectó el documental A Very Sicilian Justice. “Lamento mucho no poder estar con ustedes -escribió el juez en el discurso que fue leído en el evento- pero las autoridades inglesas, según se me informó en los últimos días, han negado cualquier tipo de protección armada a mi persona; es por eso que consideré que no estaban dadas las condiciones mínimas para garantizar mi seguridad y que tenía, con gran amargura, que renunciar al viaje programado“.

Inglaterra tiene un estricto protocolo de seguridad según el cual la protección armada no se ofrece a personalidades extranjeras si no son Jefes de Estado y de Gobierno o Ministros de Asuntos Exteriores, y sólo en visitas oficiales. No toma en cuenta, por lo tanto, el nivel de riesgo que pueda existir en el tema. Antonino Di Matteo, desde hace más de dos años, es el magistrado más custodiado de Italia y tiene un nivel de protección similar al del Jefe de Estado, equipado incluso con interruptor de bombas, un instrumento que desactiva los impulsos electrónicos enviados a distancia para detonar explosivos remotos.

Medidas de seguridad necesarias después de la condena a muerte dictada por el Jefe de Jefes, Totò Riina, y los numerosos indicios del proyecto de atentado con 150 kilos de explosivo, surgidos de las revelaciones del colaborador de la justicia Vito Galatolo.

El saludo de Di Matteo

Deseo agradecer sinceramente a quienes organizaron esta reunión, por la gran oportunidad que se me ha dado.

Para mí, es un verdadero honor estar físicamente presente en una Universidad cuyo prestigio es reconocido en todo el mundo, para hablar y reflexionar sobre el crimen organizado y las tácticas mafiosas. Siento mucho no poder estar con ustedes pero las autoridades inglesas, según se me informó en los últimos días, han negado cualquier tipo de protección armada a mi persona; es por eso que consideré que no estaban dadas las condiciones mínimas para garantizar mi seguridad y que tenía, con gran amargura, que renunciar al viaje programado”.

La mafia es un fenómeno criminal que, desde hace tiempo y cada vez con más evidencia y difusión, constituye un gran peligro -insidioso, oculto y muy a menudo subestimado– que compromete de hecho los principios fundamentales de la libertad y la democracia. Por eso al  silencio, a la indiferencia y a la resignación hay que contraponer el conocimiento profundo, el debate, la difusión y el intercambio de experiencias. Estoy orgulloso de que un juez italiano tenga la oportunidad de hablar en un foro tan autorizado del Reino Unido, y de estimular un momento de reflexión sobre la necesidad de considerar el tema de la mafia como un importante problema global y no restringido a ciertas regiones del sur de Italia.

El mío es el país en el que la más poderosa organización de la mafia -Cosa Nostra- ha tenido origen, y con el tiempo se ha expandido como un cáncer imparable a otras partes de Europa y del mundo. Italia es el país que, más que cualquier otro, en los últimos cuarenta años ha pagado un alto precio con una estela sin fin de matanzas y asesinatos de Estado. Fueron asesinados jueces, fiscales, políticos importantes (tanto pertenecientes a las fuerzas de la oposición o del gobierno) altos funcionarios del Estado y oficiales de las fuerzas policiales, hombres de negocios, periodistas y sacerdotes. Una larga historia de víctimas, a menudo asesinadas después de haber tenido que aceptar condiciones de aislamiento y deslegitimación en el entorno profesional o institucional en el que operaban.

Una trágica serie de delitos en los que, como surgió de las investigaciones y de los procesos, estaban fuertemente vinculados los intereses de la mafia y los intereses y responsabilidades de hombres y entornos, de grupos de poder externos a Cosa Nostra, pero en connivencia con la mafia.

No debemos olvidar nunca esta triste realidad, pero tenemos que encontrar, en el conocimiento de lo que he mencionado, la fuerza de la reacción.

El mío es el país –permítanme reivindicarlo con orgullo- que, antes y mejor que cualquier otro, fue capaz de reaccionar. No sólo con el sacrificio personal y la excelencia profesional de muchos jueces e investigadores, sino también en un contexto más general, con un sistema, consolidado poco a poco, de leyes en materia penal, procesal y penitenciario, que (sin comprometer los derechos personales) constituye hoy en día una eficaz, aunque sin duda perfectible, herramienta para detectar y reprimir los crímenes de la mafia.

Normas como las relativas a las características específicas del delito de asociación mafiosa (respecto a cualquier otra forma de asociación ilícita para cometer delitos), sobre la incautación y confiscación de los activos de origen mafioso, sobre los beneficios procesales y la protección de testigos colaboradores, sobre el procedimiento de autorización judicial para las escuchas telefónicas y ambientales y, sobre el régimen carcelario diferenciado de detención para los jefes de las organizaciones mafiosas (para evitar cualquier posibilidad de contacto directo o indirecto con los miembros en estado de la libertad), que juntas forman un sistema que otros países, no sólo de Europa, tienen como punto de referencia para adaptar sus respectivas leyes y volverlas más idóneas para hacer frente a la globalización de las mafias y sus capitales. Estoy personalmente convencido que incluso en países como el vuestro que, por número e importancia estratégica de los centros de intereses económicos y financieros constituye un polo de atracción para los capitales ilegales, sea hoy necesario el conocimiento y el estudio de las características más auténticas del fenómeno mafioso, también en función de, como ocurrió en Italia, la deseable creación en el poder judicial y en las fuerzas policiales de oficinas especializadas y dedicadas únicamente a la lucha contra el crimen organizado. Para tratar de entender y penetrar más profundamente en la dinámica de las organizaciones que basan su fuerza en el secreto y en el silencio, es esencial formar y sostener experiencia y profesionalismo institucional con funcionarios dispuestos a dedicar tiempo completo y un número apropiado de años para luchar contra la mafia.

Las cuestiones mafiosas, la historia así lo enseña, no constituyen un asunto penal ordinario. Son mucho más que eso. Es necesario comprender que, desde su creación que se remonta a hace más de 150 años, Cosa Nostra siempre ha tenido en su ADN una característica que la distingue de otras organizaciones similares: la voluntad y la gran capacidad de crear y alimentar relaciones de colusión con el poder oficial -políticas, institucionales, económicas e incluso religiosas-. El número y la importancia estratégica de estas relaciones externas -incluso con personas del más alto nivel- han sido establecidas en una serie de procesos que el sistema judicial italiano tuvo el coraje de llevar adelante, demostrando una vez más que, en una democracia es fundamental la separación de poderes y la autonomía e independencia del poder judicial respecto del ejecutivo.

Muchas de las investigaciones judiciales, algunas muy recientes, siguen demostrando cómo las relaciones de connivencia, en particular aquellas con la política y las grandes empresas, siguen siendo el verdadero punto de fuerza de las organizaciones criminales. Mucho más que sus miles de miembros (la fuerza mafiosa, la mano de obra), más que la violencia de las armas, el control total del territorio y la extorsión.

Es por eso que es conveniente recordar que desde siempre, a diferencia de cualquier otra materia penal, la cuestión criminal mafiosa se refiere a las clases dirigentes del país, al establishment y no sólo a las franjas más pobres y marginadas de la sociedad.

Es por eso que es necesario, como parte del régimen sancionatorio, castigar adecuadamente (de la misma manera y con la misma fuerza con la que se castiga la pertenencia y la afiliación a Cosa Nostra) a los conductos de ayuda externa de la organización mafiosa (la acción de quien no es parte del clan pero que contribuye, de manera consciente, para que logre sus objetivos) o de intercambio político-electoral-mafioso del candidato a las elecciones que, en función de la adquisición de votos, garantiza o simplemente promete dinero, favores o servicios públicos de cualquier tipo al grupo criminal que lo ha apoyado electoralmente.

Hay otra consideración que no puede ser ignorada. Hoy y en el futuro es fundamental que se desarrolle una nueva conciencia. Mafia y corrupción, los delitos típicos del crimen organizado y los delitos relacionados con los fenómenos de corrupción y abuso de los poderes públicos, constituyen los diferentes segmentos de un único sistema criminal integrado, dos caras de la misma moneda; dos partes de una misma historia en la que para obtener e incrementar más y más poder, los mismos protagonistas, cada uno con sus capacidades criminales, alternan los métodos violentos y de intimidación con los métodos corruptores, con la sistemática evasión de impuestos, la falsificación de los presupuestos y la reutilización de dinero sucio en actividades aparentemente lícitas, a menudo llevadas a cabo con la ayuda de fondos públicos provenientes de la financiación estatal y de la Unión Europea.

Esta cada vez más evidente evolución del sistema mafioso y su rastrera e insidiosa integración con el sistema de los crímenes de cuello blanco, hacen que ya no se puedan posponer los cambios legislativos que, en materia penal y procesal, y antes incluso de la fase de la investigación, vuelvan más eficaz el sistema de identificación y de represión de los fenómenos de corrupción y lavado de capitales con el establecimiento de penas más significativas para los condenados y la extensión a las investigaciones de corrupción de las reglas que se aplican hoy en día a los crímenes de la mafia y al tráfico de drogas, tales como el secuestro y la confiscación de los patrimonios, la reducción de las penas para los colaboradores de la justicia y el uso de agentes provocadores para descubrir la infidelidad de los funcionarios públicos.

Quiero concluir con una esperanza. Deseo que, justo desde mi país comience, partiendo desde los más jóvenes, un maravilloso rumbo social y cultural, la resistencia y la lucha contra los métodos mafiosos. Con la conciencia precisa que la lucha contra la mafia es el principal objetivo para alcanzar los más altos principios de la Constitución italiana y de toda democracia: la libertad personal y la iniciativa económica, la solidaridad, el derecho al trabajo y el derecho a la salud, la eliminación de todas las circunstancias que evitan que todos los ciudadanos sean efectivamente iguales ante la ley sin distinción de sexo, raza, idioma, religión, opiniones políticas o condiciones personales o sociales.

El problema del crimen organizado no es exclusivamente italiano. Sólo si nos damos cuenta de esto y si afrontamos la cuestión con la fuerza y la urgencia necesarias, podremos ganar una guerra global en sus aspectos más insidiosos (por menos advertidos) cual es la lucha contra el terrorismo.

Una guerra que debemos ganar todos unidos, para proteger a nuestras democracias y para cumplir con los hechos y la memoria de aquellos hombres que sacrificaron sus vidas por los ideales de justicia en los que creían.

 

Foto © Emanuele Di Stefano