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TINA ANSELMI, LA PARTISANA BLANCA QUE VINO DE LEJOS

Por Saverio Lodato

TINA ANSELMI, LA PARTISANA BLANCA QUE VINO DE LEJOS

“Storia di una passione politica”, el libro que le contó a Anna Vinci
por Saverio Lodato – 31 de enero del 2017

Al fascismo había que aprenderlo de memoria; para eso estaba el sábado fascista (Nota: el sábado fascista fue introducido en Italia por Mussolini para involucrar a las masas durante el tiempo libre y para inculcar la doctrina fascista, ndt) y había que tener muy buenas razones para no participar del mismo, si uno no quería trasladar sus problemas al lunes siguiente. Al fascismo había que aprenderlo de memoria. Y una manera de inculcarlo a la fuerza en la memoria de los adolescentes que iban a la escuela era llevarlos de excursión a un colgamiento, o a muchos, para que se dieran cuenta de lo fuerte que es el Estado fascista, muy serio en sus intenciones, poco inclinado a hablar, en fin, digno hermano de su aliado nazi. Hay testimonios de lo vivido a causa del método educativo de los que vestían la camisa negra: “Yo estaba en la escuela en Bassano del Grappa, donde estudiaba en el Instituto del Magisterio, cuando los fascistas y los nazis obligaron a todos los estudiantes, y a la población, a ir a la Avenida Venezia, hoy Avenida de los Mártires, para presenciar el ahorcamiento de cuarenta y tres hombres jóvenes que habían sido tomados después de un rastrillaje (Nota: el rastrillaje era la operación de búsqueda y captura de partisanos y civiles por parte del fascismo, durante la Segunda Guerra Mundial, ndt) en la Grappa. Un espectáculo macabro, una advertencia a aquellos que se atrevían a rebelarse, así fue el caso de los jóvenes tomados como rehenes que no debieron ser condenados, según el principio ético de que nadie es responsable si no ha participado en el acto.

La que habla es una partisana blanca. Una partisana católica. Demócrata cristiana, parlamentaria, ministra después de terminada la guerra, de aquel Veneto que vio brigadas partisanas de creyentes, las que frecuentaban las iglesias y tomaban la ametralladora con la misma determinación de los grupos de inspiración socialista y comunista.

Una partisana excepcional, estamos hablando de Tina Anselmi, que en las décadas posteriores a la Liberación dejaría vinculado para siempre su nombre a la Comisión de Investigación de la P.2, encabezada por el bandido Licio Gelli, encontrando así su hilo conductor autobiográfico que la lleva de la lucha antifascista de la época de la guerra a ese manojo de poderes ocultos que en abril del 1945 era imposible de desentrañar.  

Tina Anselmi le dijo a la escritora y colega Anna Vinci, para el libro “Storia di una passione politica”, en la nueva edición de Sperling & Kupfer, con introducción de Dacia Maraini, que es preciso prestar más atención; que hay todavía demasiadas cosas que los jóvenes italianos “deben aprender de memoria” y, por lo general, mal, en una Italia de la memoria vilipendiada, donde hay incluso algunos que, periódicamente, vuelven con el cuento de que una cosa era Benito Mussolini y otra muy distinta Hitler, en el sentido de que el nazismo era de terror pero el fascismo fue una buena ideología, hecha en casa por italianos buenos.          

Hay un pasaje en este libro en el que Tina Anselmi reivindica por completo la Resistencia, cuando se pregunta -y si se lo pregunta ella, que es demócrata cristiana- ¿qué es lo que tenía entre manos, en la Conferencia de París, Alcide de Gasperi, que no podía decir a los aliados después de la guerra que “no todos los italianos eran fascistas”?

Escuchémosla: “Ahora, cuando alguien que evidentemente no ha vivido la Resistencia, dice que no se deben llevar adelante acciones de guerra, ya que éstas traen represalias y venganzas, la respuesta que podemos dar es que si no hubiéramos hecho nada, los alemanes y los fascistas ¿por cuánto tiempo habrían ocupado el país? ¿Cómo podríamos presentarnos ante los que combatieron al fascismo? ¿Ante las naciones victoriosas?”.

Un libro, como no podía ser de otra manera, que se inclinó hacia el feminismo y que abarca varias etapas clave, tales como la conquista del derecho al voto de las mujeres o el encuentro con Angelina Merlin, “Quando l’’Italia ‘tollerava’”- para decirlo con el título de un libro escrito por Gian Carlo Fusco- y que eventualmente se convertiría en ley del parlamento, la ley con su nombre, la que cerró para siempre burdeles; o, análogamente, las etapas, muy difíciles, del “divorcio” y del “aborto”.

Nilde Jotti, Aldo Moro (con su sacrificio, la tragedia que sigue envuelta en la niebla), Pietro Nenni, Benigno Zaccagnini, Sandro Pertini, Luciano Lama, Enrico Berlinguer, sólo por dar algunos nombres, nos hablan de una historia, la de Tina Anselmi, vivida de igual a igual con personajes que, a la par de ella, soñaron con una Italia diferente.

¿Pero qué es lo que Tina quiere?

Es ella misma, en los capítulos en los que le cuenta a Anna Vinci su experiencia como jefa de la Comisión Parlamentaria de Investigación sobre la P.2 (entre 1981 y 1984), quien habla de la molestia de muchos de sus colegas parlamentarios: “¿Pero qué es lo que Tina quiere? ¿Qué es esta fijación de Anselmi con Gelli y la masonería?”.

La Partisana Blanca ya no estaba más en su Veneto natal. Ahora está en el pantano de la política romana. Pero ella, que había sido correo de los partisanos, entendía todo lo que había que entender: “La verdad es que la P.2 daba terror a muchos, incluso a personas que no estaban directamente involucradas. Cuando se hablaba de ella se sentía el miedo, la preocupación. Y creo que la P.2 todavía sigue despertando una gran inquietud. Es necesario entender por qué. Sería interesante”.

Y alguien, ahora que Tina Anselmi ya no está, debería poder explicar qué cosa es la P.2, la P.3, la P.4, y sigue la cuenta… Pero estas son cosas que nadie quiere que los italianos aprendan de memoria.