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UN DÍA EN EL ADRIÁTICO CON GASPARE MUTOLO

Por Simone Gambacorta

UN DÍA EN EL ADRIÁTICO CON GASPARE MUTOLO

De la Mafia al Arte
Encuentro cara a cara con el ex jefe de Cosa nostra, ahora colaborador de justicia
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por Simone Gambacorta (*) – 9 de enero del 2019

Gaspare Mutolo camina por la orilla de una playa. Es de mañana, falta poco para las 10 y es el último domingo del 2018. Para inmortalizar al antiguo Cosa Nostra (desde hace años colaborador de justicia) está Fabrizio Sclocchini, a unas decenas de metros atrás y con la cámara en el monopié. Mientras Mutolo observa el Adriático, los disparos de Sclocchini estallan a sus espaldas, como en una emboscada. Hace frío, el sol está cubierto, pero Sclocchini dice que la luz es perfecta para las fotos que quiere hacer hoy. Mutolo mientras tanto mira al Adriático.

Mutolo no era simplemente un mafioso, era la mafia. Era lo que se llama una pieza grande, un jefe. Hoy, sin embargo, es un hombre que se ha alejado de la mafia y que desde hace mucho tiempo ha encontrado en la pintura su redención y su rescate. Habrá sido cruel, pero no es hipócrita. Lo dice el hecho de que responde a las preguntas; depende de la pregunta, naturalmente, pero responde. Respecto a su pasado, no blanquea los sepulcros y se refiere a ellos mientras habla de los títeres de su Palermo: pertenecen a su experiencia. Pertenecen, diría Mario Pomilio, a su “experiencia de vida bastarda”. Al escucharlo, hay algo que se entiende bien: desde adentro, respirada como una experiencia real, la mafia no es heroica. Es pobre, triste, grosera. El imaginario la ennoblece, pero es un mito mendaz. Madonia, Contorno, Liggio, Riina, Bontate, Riccobono, Badalamenti, Greco, Bagarella, Provenzano son algunas de las “flores del mal” que emergen de sus palabras, pero son muy diferentes de las flores que ahora pinta en sus cuadros. Los mismos cuadros que lo hicieron un artista apreciado por muchos, hasta por escritores como Fulvio Abbate y Gabriele Romagnoli. Los nombres de esos “padrinos” dicen que la mafia es un link y que, al hacer clic en uno, engancha a otro que enseguida mueve a otros dos, tres, cinco, cien. ¿Cuán imprecisos son los límites de Cosa Nostra y quién sabe a dónde podrían conducirnos sus vínculos?

A los casi ochenta años no se puede fingir, especialmente si se vive bajo protección y si en público se tiene que ocultar el rostro con una máscara. En la playa, esta mañana, no hay máscara: sólo hay una bufanda, una gorra y un abrigo oscuro; y hay un hombre seco y no alto, cortés, viudo desde hace dos años, padre de cuatro hijos, abuelo, que lleva su edad como lleva su conciencia: sin poder hacer nada, excepto tomar nota todos los días de lo que era y en lo que se ha convertido.

Mutolo está en su momento actual como lo está ahora aquí, en una playa y bajo un cielo, con recuerdos útiles entre los que se puede pescar libremente como en un mar. Es difícil decir si hay serenidad en todo esto. Lo cierto es que, al escucharlo, Mutolo demuestra que no está muy inclinado a la retórica ni a la elegía: habla con claridad, pero sin frialdad y sin resignación.

“Ahora estoy interesado en tres cosas: familia, fe y pintura”, dice mientras camina sobre la arena; y en este tríptico parece estar contenida su nueva vida. “El amor por la pintura – escribe en su sitio web María Santamaría, que lo respalda en su actividad expositiva – nació durante los largos períodos de detención entre los estrechos muros de la prisión. Una pasión que crece día a día y va de la mano con la profunda transformación que lo envuelve”.

Antes de ir a la playa, apenas descendido del auto con el que llegó de otra ciudad, Mutolo acaricia al perro de una pareja que camina a pocos metros. Juega con él por un rato, luego lo saluda. “Los perros no tienen odio, no son como los hombres”, dice.

Sería una frase como tantas, si no fuera que la palabra odio, pronunciada por él, que de odio ha visto mucho y que por odio o venganza vió a muchos convertirse en cadáveres en un instante, no parecía cargada de amargura. Como si en esa palabra se resumiera el sentimiento de un hombre que bajo su sonrisa sugiere algo prohibido a cualquier otro: como una carta sin un posible destinatario, una carta doblada mil veces sobre sí misma.

En Abruzzo estuvo a menudo (incluso por la detención en Sulmona). “En Teramo – recuerda – hace años pasé uno de los períodos más bellos de mi vida”. Mutolo en Teramo estaba en un régimen de semi libertad. Produce cierto efecto. Aún más efecto hace oírlo hablar de Riina, de cuando era su chofer, al que nombra con el apodo de Totuccio, tan poco diferente y tan enormemente diferente del Totò de las crónicas. Han vivido codo a codo durante años, antes de que Mutolo se arrepintiera. (“La suya – escribió Romagnoli en La Stampa – es también una historia de sangre derramada y la sangre derramada no regresa a las venas. La complicidad es total, tanto en lo bueno como en lo malo. Pero ¿es la redención el final o no de la historia de las historias?”).

Es histórico el cara a cara que mantuvieron durante el Maxiproceso de Palermo, donde dieron vida a un combate pugilístico. En ese enfrentamiento, que sigue siendo una obra maestra del grotesco, Riina llama a Mutolo con un diminutivo que durante años debe haber sido una contraseña: Asparino. Gaspare, Gasparino, Asparino, aunque solo sea por una consonante, la mafia te despedaza, te cambia el nombre, te devora como Crono a sus hijos. Esta es también una ley del poder. “Riina tomó el poder con un golpe – explica Mutolo frente a un aperitivo – y vivió con la obsesión de que podía ser sacado del camino del mismo modo. Su violencia ha roto todos los diques. Con él se superaron límites que nunca habían sido sobrepasados. Era una locura creciente y es por eso que elegí cambiar mi vida. Tan pronto como él sospechaba o entendía que algunos de los suyos tenían objetivos de crecimiento, los dejaba fuera. Era suficiente con una palabra de más, con nada. Fue un dictador. Aquello que se llamó la guerra de la mafia fue una lucha por el poder llena de traiciones, celos y obsesiones”.

El nombre de Riina evoca inevitablemente el de Giovanni Falcone: “Era un hombre de gran inteligencia, tenía pasión por su trabajo. Estudiaba mucho, lo sabía todo. Era alguien que hablaba con claridad, si tenía que golpearte te golpeaba, pero te golpeaba directamente, sin trucos baratos y sin pararse en los talones de tus familiares para obligarte a hablar”. Falcone, luego Borsellino, luego el Estado, luego la lucha contra la mafia. “La lucha del Estado contra la mafia … la verdad es que solo algunas partes del Estado luchan”. Parece una broma, pero es un llamado de atención para toda la sociedad civil: sólo será posible continuar la lucha contra la mafia si, ante todo, los ciudadanos la reconocen como enemiga. Es necesario hacer una severa reflexión, de lo contrario la cercanía y la colusión continuarán actuando.

El discurso es entonces cultural. Es preciso una apertura mental. Uno de los primeros en darse cuenta de esto fue el general Carlo Alberto dalla Chiesa, asesinado por Cosa Nostra en Palermo en 1982, en un ataque donde fue acribillado a balazos y en el que también también estaba su esposa Emanuela Setti Carraro. “El general era temido y respetado – recuerda Mutolo – y había entendido que para combatir a la mafia se necesitaba un cambio de mentalidad”. Más allá de la eficacia de los instrumentos y de los medios a su disposición, los que sabía utilizar muy bien, fue esta intuición la que significó el arma adicional en sus manos. A Cosa Nostra sus operaciones le hicieron mal, pero lo que les hizo aún más daño fueron las palabras de desprecio que usaba para la mafia. Pesaron como piedras porque cambiaron la percepción que los sicilianos tenían de la mafia”. El cambio cultural también sirvió para romper una cierta idea de estatus.

“Convertirse en mafioso significaba dar un gran salto. Tu vida cambiaba de la noche a la mañana – explica Mutolo – pasabas a ser respetado y temido por el simple hecho de haber sido elegido por Cosa Nostra. Si entrabas a un bar, todos sabían quién eras. Lo mismo pasaba mientras caminabas por la calle. Se era elegido por ciertas características, comenzando por la confiabilidad y por la capacidad de mantener la boca cerrada”. Hablando de cultura, en cierto punto Mutolo dice algo que habría alentado a Leonardo Sciascia: “Si empiezas a leer I Beati Paoli ya no puedes parar”, y no agrega nada más. La frase sobre la gran novela de Luigi Natoli (novela que Sciascia conocía a fondo) dice algo enorme, dice que la literatura puede ayudar a entender a la mafia. Antes de tener la cabeza en las nubes, lean los libros.

La pintura de Mutolo es verdaderamente un nuevo día, es en sí misma la alegoría de un punto de inflexión: desde el oscuro momento de Cosa Nostra hasta la explosión no de balas o bombas, sino de colores que deflagran con una alegría cromática muy brillante. Una reapropiación festiva de la vida que desde el presente mira hacia el pasado al recordar signos y símbolos que también son emocionales.

Fabrizio Sclocchini explica: “Cuando la mafia ya no tuvo reglas, su código de honor, Mutolo se sintió libre para salir de ella. Cuando la mafia ya no era la de su visión proustiana, se sintió desvinculado del juramento, del rito de la punción y de la estampa quemada. La relación que Gaspare mantiene con los tentáculos del pulpo va más allá del hecho artístico puro, se hace evidente que la pintura lo resarce de una falta”.

Preguntarse sobre su estilo o su pertenencia a una corriente o a otra es reductivo. El arte de Mutolo no es solo pasión, es una necesidad real de vida. Así, gracias a sus óleos sobre tela, el arrepentido se convierte en testigo no de crímenes y complicidad, sino de un renacimiento posible para todos. Esto también explica por qué Mutolo se esfuerce tanto para hacer exposiciones: no es para la vanagloria ni porque tenga una idea extremadamente seria o grandiosa de su pintura. Es su mensaje, una forma de compartir un lugar de aterrizaje. Sus pinturas las firma en cursiva, con buena letra.

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(*) Extraído de: La Città Quotidiano

Foto © Fabrizio Sclocchini